Caminando por París con Caol

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15/07/2018

El torbellino de la vuelta

Ya se acabaron las semanitas de vacaciones y llegó la hora de volver a la ciudad de las luces.
Viajé en el tren de la madrugada y fui directamente de la estación al trabajo.
Como siempre, retomar el ritmo de la gran ciudad resultó algo difícil, pero este año también fue muy complicado ponerse al día en el trabajo. No reemplazaron a los que se jubilaron y no reducieron la cantidad de trabajo. Total, al llegar a mi instituto, me encontré con un sinfín de tareas esperando en mi despacho.

Al salir de la oficina, fue preciso correr para llenar la nevera y la velada fue demasiado corta para arreglar todos los temas pendientes en la pila de correos.

Al día siguiente se vaciaron las calles cuando llegó la hora de la semifinal del mundial. Yo aproveché este momento par ir de comprar en un supermercado abandonado, y cuando volví a casa, al escuchar los gritos de la gente, pude imaginar las peripecias del partido hasta el clamor final de alegría. Luego, en mi barrio, empezó una ronda de coches y de bocinas hasta media moche. Sobra decir que no tuve mi cuota de horas de sueño...

El jueves, mientras se disputaba la segunda semifinal, pasé una noche muy agradable en la terraza de una vecina, compartiendo los productos que habíamos comprado durante las vacaciones...

El viernes me marché de París y fui a ver la final en el jardín de un cafe-restaurante, en medio de una centena de personas, entre dos luxemburgueses y dos holandeses.

¡Vaya suspense!

Y después de casi dos horas, los galos consiguieron su segunda estrella...
A ver como celebran el acontecimiento en París...

24/06/2018

El paseo

Propuse a los visitantes bonaerenses un paseo entre semana porque así es como se descubre la ciudad de la vida cotidiana. Los dos septuagenarios, psicóloga y arquitecto, aparecieron a la salida del metro a las 14 y pudimos empezar la visita enseguida.

Me alegró constatar que manifestaban un gran interés hacia las callecitas que bordean la calle de Bagnolet y lo que cuentan de la historia de París, de sus pequeñas industrias y de sus artesanos. Con gusto visitaron la iglesia de Don Bosco y apreciaron su diseño y sus vitrales. Pero cuando llegamos a la calle des Vignoles, quisieron probar uno de los bares para tomar un café y empezamos a intercambiar acerca del nuevo presidente galo y de las situaciones sociales de Francia y Argentina.

Cuando retomamos el camino, pasamos un momento en el número 33 de la calle des Vignoles, en donde un socio del sindicato anarquista nos invitó a entrar. Nos explicó que el edificio albergaba una asociación de españoles, el local del sindicato, un taller de flamenco, así como varios talleres de artistas. Sobra decir que este momento inesperado encantó a los argentinos.

Luego pasamos un rato examinando las construcciones de dos plantas que reemplazaron las antiguas viviendas insalubres y el arquitecto contempló todo eso con mucho interés.

A continuación, constaté que sentíamos la misma consternación al pie de las torres de la calle Vitruve y la misma alegría al recorrer la calle Saint Blaise. Tuvimos que acelerar para llegar al cementerio del Père Lachaise antes del cierre, pero merecía la pena porque no conocían este sitio. Examinaron tranquilamente los monumentos de los campos de exterminio y tomamos un desvío para que puedan percibir el tamaño de este cementerio.

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Al salir de allí, necesitábamos una cervecita para seguir adelante. Nos sentamos en uno de los bares de la plaza Gambetta antes de seguir rumbo a la “Campagne à Paris”. Como lo imaginaba apreciaron esta zona, pero ya se notaba algo de cansancio...

Finalmente seguimos con el tranvía rumbo a la puerta de Pantin para admirar el edificio de la Filarmónica, diseñado por Jean Nouvel. Confieso que contemplar esta construcción a través de la mirada del arquitecto paseante fue realmente interesante.

Luego fue preciso separarnos, cansados pero contentos de haber compartido casi cinco horas explorando el Este de París. Prometí concibir otro recorrido para su próxima visita, dentro de cuatro años :-)

4/03/2018

Las ranas se volvieron locas

Descubrí por casualidad (en la panadería) que esta semana tocaría una ola de frío siberiano. Me anunciaron 15 grados bajo cero, pero pronto se convirtieron en 6 grados bajo cero al consultar la web de Météo France (las ranas galas). Aun así, empecé a preocuparme por las plantas de mi balcón y compré las telas necesarias para protegerlas.

Dediqué la velada del domingo a envolverlas e incluso recluté a uno de mis vecinos para mover las macetas más grandes. Y después de dos horas de agitación, consideré que ya era suficiente e invité al vecino a cenar.

El lunes al amanecer el termómetro de mi balcón marcaba cero grados. Todo fue cuestión de escoger la ropa adecuada para superar la primera prueba de la semana. Y el martes, con dos grados bajo cero, fue casi igual.

Habían anunciado que el miércoles sería el día más frío de la semana y efectivamente todos los accesorios eran necesarios para no acabar congelados. Al pie del Sagrado Corazón no se veían muchos turistas y en varios sitios, los empleados del Municipio estaban echando sal sobre las calzadas.

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La temperatura siguió bajando y todos estábamos esperando la llegada de la nieve.
Al anochecer los sin techo instalados en la orilla del canal Saint Martin estaban reunidos alrededor de varios fuegos. Más lejos vi pasar el autobús de recogida social y estaba lleno de gente en busca de un refugio nocturno.

La nieve llegó por la noche y descubrí la manta blanca al despertar. Cuando llegué al bulevar, no había resistido a la sal de la calzada y no impedía el tráfico automóvil. Tuve ganas de viajar con mi autobús de siempre y mientras esperaba, jugué a dejar huellas de mis zapatos en la nieve de las aceras. Luego necesité todo el viaje para calentarme...

Luego la temperatura volvió a subir y al atardecer casi no quedaba nieve en las calles. Total, pude volver caminando. Y desde el viernes vamos con la decena de grados de temporada y con lluvia.

Por suerte los días empiezan a alargarse y los pájaros volvieron a cantar...

11/02/2018

¡Nieve!

Los primeros copos de nieve aparecieron el pasado lunes al atardecer. Los árboles del jardín que se halla al pie de mi oficina se vistieron de blanco, pero pensamos que sólo sería un momento.
El martes al amanecer pude hacer una gran parte del recorrido que me lleva a la oficina caminando. Pero otro cantar fue cuando salí del trabajo ya que la nieve ya había invadido las aceras. Cuando llegué a mi barrio, seguía nevando y la capa de nieve ya alcanzaba varios centímetros. Había poca gente en la calle y todos íbamos con prisa rumbo a casa.
En la radio anunciaron que varias centenas de personas estaban bloqueadas por la nieve en la ruta N118...

El miércoles salí muy temprano para pisar la gran alfombra blanca. En la calle Dejean, uno de los comerciantes ya estaba barriendo su trozo de acera para eliminar la nieve. Pero como los demás permanecían cerrados, el resto de las aceras se quedó con su capa blanca. En la estación de autobús, no anunciaban los horarios así que seguí caminando, contemplando el efecto de la nieve en las ramas de los árboles. En el bulevar se veían pocos coches y pocos locos caminando.
Yo seguí rumbo a la plaza de la República porque quería verla con su manta blanca.

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Luego viajé en metro porque caminar en estas condiciones necesita mucha atención y ya tenía mi cuenta de caídas. Cuando llegué a la oficina empezamos a contar a los que se habían quedado en casa y para algunos activaron la posibilidad de teletrabajo.

Cuando volví a casa, constaté con alegría que los niños habían invadido las calles de mi barrio y estaban jugando con la nieve. Pero al visitar el supermercado, encontré estanterías vacias porque no habían entregado las mercancías...

El jueves caminé hasta la estación del Este. Las calles ya no tenían el mismo encanto y en varios lugares el suelo estaba resbaladizo. Por suerte pronto llegó un autobús cuyo chofer no tenía miedo de conducir con la nieve. Pasé un rato muy divertido contemplando como jugaba con la calidad del suelo para derrapar un poquito.

El viernes, el tema de la nieve se hizo mucho más fácil. Yo pude recorrer casi sin problemas los ocho kilómetros que me separan de mi instituto y quisiera agradecer a todos los porteros que gastaron tiempo y energía para despejar la nieve en las aceras. También quiero maldecir a los bancos que no cumplieron con esta tarea: sospecho que esperaban vender más contratos de seguros...

Hoy, teníamos unos diez grados y la nieve desapareció por completo. Los turistas volvieron a la colina de Montmartre y yo fui a ver una exposición dedicada a Jean-Pierre Jeunet, director de la película Amélie. Me encantó ver el enano de jardín y las fotos de sus viajes.

7/01/2018

Reyes perplejos

Cada vez que vuelvo a París después de pasar varios días lejos de la capital, me asombra el movimiento de la gran ciudad. Viajaba con las gatas y decidí que merecíamos la comodidad de tomar un taxi para ir de la estación hasta mi casa.

Nos tocó una conductora antillana con quién la conversación se instaló casi enseguida.
Empezó hablando de la competencia entre taxistas y choferes Uber antes de evocar los cambios decididos por el nuevo presidente galo y de confesar su perplejidad. Dijo que ya no podía mantener los ingresos que tenía antes sin trabajar como una loca y que había decidido trabajar menos horas y reducir su nivel de vida.
De allí intercambiamos acerca de la situación de auto emprendedor (que yo suelo llamar auto explotado) y de la precariedad que se extiende por todas partes.
Mis amigos jubilados ya constataron que perdieron el 1,7% de sus ingresos. Los desempleados tendrán que aguantar controles cada día más inquisidores para conservar sus prestaciones. Y varias grandes empresas anuncian despidos colectivos.
Y el pueblo galo considera que es preciso dejar tiempo al nuevo presidente y descubre los recortes sin protestar.

Nada más llegar a casa y liberar las gatas, tocó entablar el maratón del abastecimiento antes de prepara la vuelta al trabajo.

El miércoles por la madrugada el viento y la lluvia se ligaron para desanimar a los paseantes: cuando vi que se llevaban los cubos de basura renuncié a mi recorrido matutino. Lluvia, viento, claros... el tiempo mejoró al atardecer cuando salí de la estación Bastille para ir a la calle des francs-bourgeois.

En esta zona de “turismo internacional”, el municipio autorizó la apertura dominical de los almacenes y eso cambia el ambiente de las calles. Varias tiendas antiguas desaparecieron y los locales ahora albergan comercios más adaptados a los estándares internacionales.
Yo necesitaba un nuevo brazalete para mi reloj y no solo me atendieron muy amablemente, sino que también me propusieron una solución más económica que lo que imaginaba.

Al día siguiente, en medio día, hice un recorrido por el distrito 20 con una de mis colegas. Le enseñé las torres del barrio Saint Blaise, así como los pequeños parques que se esconden en medio de las manzanas. En la galería de arte, las obras que me gustan siguen esperando en el escaparate, pero dudo que tenga un día el dinero necesario para comprarlas :-(

Hoy tocaba compartir el pastel de reyes con unos amigos y eso fue un buen momento porque la producción del señor Larher sigue excelente.
Pero hoy también tocaba conmemorar la masacre de Charlie y constatar que se notan cada día más radicalizaciones de todas clases.

Cultivar la razón y seguir adelante...

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