Caminando por París con Caol

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15/09/2019

Primera huelga de la vuelta

El pasado viernes, los empleados de la sociedad de transportes parisinos (la RATP) se declararon en huelga para protestar contra la reforma de su sistema de jubilación. Sin detallar todos los cambios, el proyecto del gobierno significa trabajar más tiempo para una pensión reducida y son muchos los que no aceptan esta perspectiva.
Lo cierto es que cualquier huelga de la RATP puede provocar un tremendo caos para los habitantes de la región parisina.

El jueves anunciaron que diez líneas de metro permanecerían cerradas y que la frecuencia de los autobuses sería reducida.
En mi instituto, algunos cambiaron su día de teletrabajo mientras otros se tomaban un día libre. Yo sé que puedo recorrer andando los siete kilómetros que me separan de mi oficina así que deje rienda suelta a la improvisación.

Este viernes salí de casa muy temprano. Decían que, en mi línea de siempre, circularían dos de cada tres autobuses, pero preferí seguir caminando ya que cuando hay huelga, nunca se sabe si uno podrá subir al colectivo.

Al seguir el recorrido del autobús, noté una cantidad impresionante de gente en la calle, buscando una solución para llegar a su destino del día, a pesar de la ausencia de metros. Y pude llegar a la plaza de la Nación cinco minutos antes que mi autobús de siempre. Cuando llegó, estaba lleno de gente. Por suerte muchas personas se pararon en la plaza: pude subir, encontrar un asiento y llegar a mi oficina con media hora de atraso.
Los que viven al lado del instituto ya estaban presentes, los demás llegaron más tarde.

Al final de mi jornada laboral, sabía que no tendría más remedio que volver a casa caminando. Así que me paré en la primera panadería para comprar un bocadillo antes de hacer los ocho kilómetros de la vuelta.
Luego seguí la calle de los Pirineos rumbo a la entrada Este del cementerio del Père Lachaise y a la avenida correspondiente. Pasé por la calle Boyer y la calle del “ermitage” antes de volver a visitar dos callecitas de otros tiempos.

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En esta zona de París también hubo cambios, pero por lo menos supieron conservar la tranquilidad de estas callecitas.
Luego visité el pequeño jardín que acondicionaron entre la calle del “ermitage” y la calle de las cascadas. Utilizaron varios elementos recuperados en el puente nuevo y eso le da un toque interesante a este espacio.
En la calle de las cascadas, el local de los anarquistas estaba abierto pero ya sentía cansancio y seguí adelante.

Cuando llegué a casa, el podómetro marcaba 22342 pasos.

28/07/2019

Bochorno...

Ya no necesito viajar a Madrid para vivir varios días de calor aplastante ya que se puede experimentar esta situación en París. Pero al contrario de Madrid, en donde esta situación ocurre regularmente, en París provoca enseguida un plan de vigilancia de nivel rojo, probablemente porque la gente no sabe como adaptarse al calor y también por el trauma de 2003 y de los 10000 decesos provocados por la ola de calor.

Yo tengo la suerte de trabajar en un edificio de alta calidad medioambiental refrigerado. Pero mi piso tiene dos ventanas mirando rumbo al sur y si una tiene un muy buen nivel de aislamiento, la otra es un desastre térmico y no tiene persianas. Unos meses atrás pedí presupuesto para cambiarla, pero antes de hacerlo tendré que llevar varios meses ahorrando… Entonces el lunes por la mañana hice una primera instalación, con cortinas a modo de persianas.
Al salir de la oficina, pasé por una vieja ferretería de la calle Faubourg Saint Antoine, pero no tenían la cerradura que estoy buscando.
Cuando volví a casa, al atardecer, tenía 31° en el balcón y 26° en el piso.

El martes la dicha me acompañaba: sólo quedaba una manta isotérmica en la tienda de deportes que visité, en otro almacén, sólo quedaba dos pares de sandalias incluyendo mi número y sólo quedaba una frutería abierta en el mercado de l’Olive...
Al llegar a casa los termómetros marcaban 35° en el balcón y 27° dentro.

El miércoles al amanecer, instalé la manta térmica entre la cortina y la ventana, y con gusto me fui a trabajar en mi edificio refrigerado. Pero a pesar del calor, no hice horas extras y me marché para visitar otra ferretería.
En el autobús, el maquinista nos explicó que la validadora no funcionaba por causa del calor. Y la verdad es que este viaje en autobús se parecía a una sauna.
La dicha, cansada, ya no me acompañaba y en la tienda se veía un cartelito “cierre excepcional”. Seguí rumbo a casa y con gusto constaté que a pesar de los 38° en el balcón, tenía 28° dentro. También acogí a uno de mis vecinos que necesitaba refrescarse.

Habían anunciado que el jueves sería el día más caliente de la semana, con más de 40 grados en París. Y la verdad es que, por la mañana, ya tenía 30° en el balcón. Cerré todos los elementos posibles para conservar mis 28° interior y me fui a trabajar.
Al salir de la oficina, pasar brutalmente de 25° a 40° fue algo difícil, pero pronto se reactivó el metabolismo sureño y decidí que volvería a casa caminando (son siete kilómetros).
En la calle Saint-Maur, un hombre estaba regando la acera para refrescar su tienda. No pude resistir: me acerqué y le pedí que me mojara por lo menos el pelo. El hombre compadeció y después de esta ducha inesperada, pude seguir tranquilamente, alegrándome de paso por las expresiones de la gente mirando mis prendas empapadas.
Al llegar a casa, marcaban 40° en el balcón y 29° dentro.

Esta pesadilla térmica algo agotadora se acabó el viernes, con lluvia incluida.
Finalmente, los parisinos resistieron bastante bien a esta ola de calor y yo estoy calculando un plan de ahorros para cambiar mi ventana cuanto antes.

21/07/2019

Callejeando

Aproveché un atardecer tranquilo para pasear por las callecitas que comunica el Faubourg Saint-Antoine, al acercarse de la plaza de la Bastille.

En la esquina de la Calle del Dahomey con la calle Saint-Bernard, una antigua droguería sigue proponiendo todos los productos necesarios para renovar muebles de madera, piezas de mármol o de cobre. Muchos resultan de viejas recetas, poco compatibles con las normas ecológicas actuales, pero por la calidad que permiten conseguir, no faltan los clientes.

Más adelante, en la calle de “la mano de oro”, encontré una de las pocas tiendas de cortinas y pasamanería que siguen funcionando. Luego, al acercarme al Faubourg, constaté que los talleres de los artesanos fueron transformados en locales para comer o ir de copas.

20190721.jpgQuise pasar de nuevo por la callecita descubierta 20 años atrás, al preparar un recorrido por el distrito XI. El pasaje Lhomme ahora sólo tiene un acceso a partir de la calle de Charonne ya que los nuevos inquilinos condenaron la entrada por el pasaje Josset. El patio ya no alberga artesanos, pero conservó un no sé qué de otros tiempos y una tranquilidad apreciable en este barrio.

Siguiendo por la calle de Charonne, visité varias tiendas en busca de ideas de alfombras y cortinas, pero nada me llamó la atención. Entonces pasé por el bulevar Richard Lenoir en donde constaté que ya habían derrumbado a la casa coronada por una botella. Dentro de poco su parcela formará parte del nuevo jardín que se extiende entre el bulevar Richard Lenoir y la iglesia Saint-Ambroise.

Al llegar a los bulevares Voltaire y luego Magenta, me impresionó la cantidad de grupitos de 2 a 4 personas, reunidas alrededor de un banco o de un colchón, y viviendo en la calle. Imagino que es una consecuencia de las evacuaciones repetidas de los campamentos gigantes del Norte de la Capital, que no resuelven los problemas y complican las acciones de los voluntarios que ayudan a todos estos refugiados.

Lo mejor de la semana ocurrió al tomar un café en un sitio de barrio. Comentaban los acontecimientos de la semana, listaban los fallos de los políticos y acabaron con esta frase:
“¡Tendremos que acortar a unos cuantos!”
Y al escuchar esta frase, pensé que este pueblo nunca olvida su historia y su capacidad de levantamiento :-)

26/05/2019

Noticias de barrios

Estos últimos días me llevaron malas noticias.
Para empezar, cerrarán definitivamente la frutería que se halla al lado de mi casa. La doña que lleva este comercio tiene que vender el local para compartir su valor con su hermana. Consiguió una oferta y dice que tiene que arreglarlo todo antes de fin de junio.
Algo parecido ocurre con los dueños de una panadería que se halla cerca de mi trabajo. Tenían un contrato de tres años con un molinero y ahora tienen que marcharse y buscar otro sitio. La doña me habló de una panadería cerca de la plaza Gambetta así que con algo de suerte podré encontrar su nueva tienda.

Esta semana, pasé algunas veces al lado del metro Barbes-Rochechouart y constaté que al atardecer había un mercado de comida especial para el Ramadán. En medio de todas estas preparaciones empapadas en miel se veía una colección impresionante de avispas y pensé un rato que todas las avispas parisinas estaban en mi barrio.
Preferí pasear lejos de esta zona.

Aproveché un atardecer soleado para pasar otra vez por la calle Alphonse Penaud (distrito XX) en donde hay un antiguo edificio de ladrillo que alberga una colección de aparcamientos de otros tiempos. Dicen que van a destruirlo para construir viviendas y quise conservar una imagen de este sitio.

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El martes, los compañeros que estaban de vacaciones volvieron a la oficina y pude respirar un poco. Al atardecer pasé por varias calles que se hallan al lado de la estación de metro Faidherbe-Chaligny y visité rápidamente el jardín de la Folie Titon. Esta zona me pareció muy agradable y tendré que volver allí con amigos para probar algún de los sitios que noté de paso.

Los demás días de la semana se perdieron entre asociaciones, amigos y colegas necesitando apoyo.

Hoy tocaba votar por las elecciones europeas. Esta vez no me reclutaron como asesor así que pasé rápidamente por la escuela que alberga mi colegio electoral antes de visitar el pequeño mercado de segunda mano instalado delante de la iglesia Saint Bernard.

Luego probé el nuevo recorrido del autobús 38 que me llevó al distrito XIV.
Al mirar a la gente instalada en las terrazas de los restaurantes del bulevar de Montparnasse, pensé que esta burguesía adinerada no tiene los problemas de fin de mes de la gente de mi barrio. Y lo mismo pasará con los que gobiernan este país.
A ver lo que dicen los votos del día...

19/05/2019

Altibajos

La semana empezó de manera divertida. El maquinista de mi autobús de siempre se equivocó de trayecto y se paró en medio del cours de Vincennes para informarnos de su despiste. Desgraciadamente algunos viajeros querían ir a una de las paradas olvidadas. Así que el maquinista dio media vuelta rumbo a la plaza de la Nación para volver al itinerario normal. Curiosamente, nadie se asombró del desvió. Pero son tantas las calles y plazas en obras que ni pensamos que se trataba de un descuido.

Desgraciadamente, esta primera semana sin día festivo del mes de mayo se transformó rápidamente en una pesadilla laboral. Y el miércoles, volví a probar algunos perfumes de helado con la misma colega.
Ya no quedaba espacio en la terraza de Raimo, así que nos instalamos en la sala y fue otra vez una agradable degustación con helados de lichi, frambuesa y pétalos de rosa, crema chantillí y almendras tostadas. (Confieso que no recuerdo los perfumes elegidos por mi colega)
Sobra decir que para compensar estos excesos azucarados aumenté la longitud de mis recorridos cotidianos 😊

El jueves quise visitar la planta de reciclaje más cercana de mi casa y entregarles mi vieja computadora (sin los discos duros). Me atendió una señora muy amable que me indicó donde dejar mis trastos. Cuando le pregunté si aceptaba también los viejos baldes de pintura, me informó que para eso era preciso ir a la planta de la puerta de la Chapelle. Pero cuando le expliqué que no tengo coche y que me da miedo ir andando a esta planta que se ubica justo al lado de la colina del crack, la señora se hizo muy comprensiva: me dijo que aceptaría mi balde y que arreglaría con sus colegas el traslado hacia el otro sitio.
Tendré que mirar sus horarios de presencia...

Ayer aproveché un rayo de sol para visitar algunas tiendas del distrito XVII y recorrer el mercadillo instalado en la calle Custine. Poco después de volver a casa, percibí el ruido de un grupo de motos y cuando miré desde mi balcón constaté que se trataba de un grupo muy especial de la policía francesa que llaman “voltigeurs”. En este cuerpo de élite, cada moto lleva dos policías: uno conduce la moto mientras el otro para lleva un palo que usa para golpear y reprimir a los manifestantes.
Yo pensaba que esta compañía había dejado de existir en 1986. Pero parece que renació con otro nombre.

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Y este fin de semana tocaba juntarse con algunos vecinos de mi residencia para compartir un “brunch” en mi casa. La doña de la quinta planta me regaló algunas rosas de su jardín y todos los comensales trajeron preparaciones caseras. Fue un agradable momento que nos hizo olvidar este cielo gris y esa lluvia caprichosa.

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