Caminando por París con Caol

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24/05/2020

Libertad punitiva

Aproveché esta segunda semana de libertad limitada para seguir recorriendo la gran ciudad.
El lunes caminé rumbo al jardín des Épinettes, cerrado por la pandemia. El martes di la vuelta del jardín des Buttes-Chaumont, cerrado por la misma razón y el miércoles tuve la misma experiencia con el parque Monceau.

En esta ciudad cuya densidad de población ronda 21000 habitantes por kilómetro cuadrado, imponer que los jardines permanezcan cerrados se parece a un castigo. Y más aún cuando estos vecinos acaban de vivir casi nueve semanas encerrados en menos de treinta metros cuadrados, superficie mediana que corresponde a cada parisino.

Yo no me quejo porque tengo una superficie más importante, con una logia que me deja ver el Sagrado Corazón. Pero al constatar que prohíben el acceso a los parques y jardines, mientras permiten el acceso a los supermercados o a las iglesias, me cuesta percibir la lógica de los bufones que dirigen este país.
Total, seguí soñando de naturaleza a través de las rejas de los jardines.

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Tampoco entendemos el límite de 100 kilómetros para los desplazamientos sin justificante. Y la repetición de la invitación a pasar las vacaciones en el territorio francés para reiniciar la economía empieza a fastidiarme.

Por suerte también se ven algunos elementos más positivos y, para empezar, en mi barrio, una proporción muy importante de la gente que está en la calle lleva una máscara. Por un lado, se ven los que lucen las máscaras fabricadas por los sastres del vecindario y que, a veces, hacen juego con el turbante y la camisa o el vestido. Por otro, se ven los que tienen bastante dinero para comprar mascarillas quirúrgicas desechables. Pero en ambos grupos, la manera de colocar las máscaras no siempre cumple con la norma.
Yo tengo ambos tipos de productos e incluso conseguí la máscara regalada por el ayuntamiento en la farmacia de la esquina. Pero prefiero escoger mis horas de salida para poder caminar sin máscara.

Entre los elementos de preocupación, toca mencionar la situación de todos los negocios que tuvieron que cerrar el 16 de marzo. Si me baso en lo que pude observar al pasar por la calle Saint-Maur, algunos dueños de tienda ya renunciaron y devolvieron las llaves de su local. Otros interpretaron las nuevas reglas e inventaron una actividad compatible. El tercer grupo estaba limpiando, remodelando o pintando la tienda con la esperanza de volver a trabajar el 2 de junio. No sé cuántas empresas tendrán una capacidad financiera suficiente para superar casi tres meses sin trabajar…

En mi instituto de siempre, también estamos preparando la vuelta, con una magnífica orden contradictoria: volver todos al campus ya, pero sólo si nos dan fecha… Así que seguiremos con el teletrabajo unas semanas más...
Y de momento no sé cuándo podré salir de vacaciones ☹

17/05/2020

Libertad con cordura

El primer día del desconfinamiento, amanecimos con lluvia y renuncié a mi recorrido matutino. Largo día de trabajo y a las cuatro de la tarde bajé a la calle para ver cómo iban las cosas fuera.
La primera cosa que me impresionó fue la cantidad de gente en las calles del vecindario. Pero también noté que casi todos llevaban una máscara. Yo me escapé de mi barrio y pronto aproveché el fin de los límites geográficos y horarios para seguir rumbo abajo hacia la iglesia de la Trinidad. Luego caminé rumbo arriba por la calle Pigalle y pasé al pie del Sagrado Corazón para volver a casa.
Al llegar, vacilé entre la alegría de este rato de libertad y el miedo de una nueva sesión de confinamiento.

El martes por la mañana, mi recorrido fue una vuelta al pie de la colina de Montmartre. Al atardecer, caminé rumbo a la calle de Paradis en donde venden un zumo de limón y jengibre que me gusta mucho.

El miércoles por la mañana pasé por la plaza de la república y caminé por la orilla del canal Saint Martin. Al atardecer, pasé por las tiendas del mercado Saint Pierre antes de seguir rumbo al cementerio de Montmartre y de pararme en una de las pastelerías de Arnaud Larher.

El jueves tuve ganas de ver el rio. Caminé rumbo abajo, pasando al pie del Centro Pompidou y de la torre Saint Jacques para llegar en la isla de la cité al nivel del mercado de las flores. Caminé por la orilla del Sena rumbo a la plaza Dauphine y a la punta Oeste de la isla. Luego quise pasar por el patio cuadrado del Louvre, pero estaba cerrado por obras. Seguí rumbo al palacio real: el jardín estaba cerrado, pero uno podía caminar por las galerías que lo rodean. Luego seguí rumbo al norte y pude entrar en el pasaje de los panoramas semi dormido. Luego fue cuestión de seguir rumbo arriba para volver a casa: mucho cansancio, pero la alegría de volver a encontrar la ciudad.

El viernes fue más tranquilo. El paseo matutino pasó esencialmente por el distrito IX y él del atardecer se acabó en la tienda de Larher, en donde compré una nueva preparación helada para compartir con los vecinos.

Ayer tocó resolver el tema de las compras y, luego, comprobar que podemos compartir el mismo abono de internet con uno de los vecinos para cultivar el descrecimiento.
Por la tarde hice un largo recorrido por la calle de Turbigo que se estira desde la plaza de la República hacia la iglesia San Eustaquio, antes de caminar rumbo arriba hacia la colina de Montmartre. Me asombraron varias colas delante de tiendas de ópticos, de prendas o de decoración, así como la despreocupación de la gente en algunas calles de los barrios “bobo”.

Y hoy hice otro recorrido muy temprano, por los distritos II° y III°. El choque surgió delante del escaparate de una librería del bulevar Beaumarchais.

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¡Ojalá sigamos con muchos libreros en el mundo después de la pandemia ¡

10/11/2019

Las luces del atardecer

Ya que los días siguen menguando, el nuevo juego consiste en marcharse temprano de la oficina para disfrutar las luces del atardecer.

El lunes no fue un gran día porque la llovizna me acompaño un rato en el largo camino que me llevaba a casa. Pero con gusto atravesé una parte todavía muy popular del distrito XI, antes de llegar al canal Saint Martin en donde ya no hay gente tomando copas en la orilla.

El martes fue más generoso.
Al salir de la estación de metro Tuileries, pasé por el gran jardín rumbo a la plaza de la Concordia. De paso pude apreciar el vestido otoñal de los árboles, así como algunas obras olvidadas por la Feria internacional de arte contemporáneo. Cuando llegué a la plaza de la Concordia, la puesta de sol iluminaba la torre Eiffel...
Luego seguí rumbo a la iglesia de la Madeleine y me asombró la cantidad de obras en la muy selecta calle Royale.
Más adelante, la calle Tronchet me llevó a la zona de los grandes almacenes y si me paré a mirar las fachadas, no entré en estos templos de la tentación.

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En esta zona ya están instalando las decoraciones de Navidad...

Al pasar por la calle de la Rochefoucault pensé que todavía no visité el museo Gustave Moreau, pero estaba cerrado por obras.

Al día siguiente volví al barrio de la Madeleine y pasé por la calle de la arcada que lleva directamente a la estación Saint-Lazare. En la parte sur de la calle, se ven hoteles de lujo y tiendas de categoría incluyendo una sastrería. Pero al acercarse de la estación, se ven comercios más normalitos.

Unos años atrás, transformaron una parte de la estación Saint Lazare en centro comercial. Entre este lugar y la iglesia de la Trinidad, casi todos los edificios albergan oficinas, lo cual significa mucha agitación diurna y un barrio con poca vida por la noche. :-(

La sensación cambia al pasar por la calle de la Tour des Dames.
Transformaron el antiguo edificio de la compañía de electricidad en centro de deportes y esta evolución me pareció muy acertada ya que, desde la calle, puedes contemplar la pared de escalada interior y los entrenamientos, así como divisar las actividades en la cancha superior. Total, el sitio resulta muy atractivo y da ganas de apuntarse.
Más adelante, otra casa alberga un centro de acogida de día para ancianos que sufren alzhéimer. Pero no cambiaron las demás construcciones de la “Nueva Atenas”.

Seguí por el distrito IX y la lluvia me pilló cuando llegaba a la plaza Pigalle.
La boina y el impermeable todavía están secando y puse un paraguas en la mochila.

3/11/2019

Bruj@s, calabazas, fiestas y huelgas

Ya llevamos una semana con la hora de invierno y la gata ya se adaptó. Dentro de un mes volverá la sensación deprimente de vivir exclusivamente de noche, fuera del trabajo ☹

El brujo que arregló mi nueva bici se demoró y cuando pasé por su tienda el lunes, todavía quedaban muchas cosas por hacer. Esperé un ratito, observando el desfile de clientes con prisa y empecé a contemplar la posibilidad de reciclarme en reparador de bicicletas. Pero creo que no tendría la paciencia necesaria.
Yo no quería estrenar esta máquina de noche así que volví a casa en metro.
Al día siguiente, cuando entré en la tienda, la bici me esperaba y parecía lista. Después de arreglar unos últimos detalles, el brujo me devolvió mi máquina y con gustó pude volver a casa pedaleando tranquilamente.

En la esquina de mi calle, el florista se disfrazó de brujo también y regaló al vecindario una magnífica decoración de escaparate para celebrar Halloween, con calabaza incluida.

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La fiesta de Todos Santos coincidió con el fin de las vacaciones escolares y las huelgas sorpresas de los trenes complicaron las escapadas de los unos y las vueltas de los otros.
Yo tuve suerte: pude pasar unos días lejos de París y celebrar Halloween con un@s bruj@s en el Berry, tierra de leyendas y de brujerías, sin problemas de transportes.

Cuando volví a la ciudad de las luces, en medio día, seguíamos con este cielo de plomo y la llovizna de temporada. Así que fui directamente a casa.

Por suerte, esta tarde, un tímido rayo de sol apareció y aproveché este momento para pasear.
Desde el puente de la calle Caulaincourt, al mirar el cementerio de Montmartre, no observé el derroche de flores que suelen instalar en las tumbas en Todos Santos. Pero el recinto ya tenía sus colores del otoño y me pareció muy bonito.

Más adelante visité el mercadillo instalado en el bulevar des Batignolles, entre los charcos. Me impresionaron estos vendedores empedernidos, pero no creo que hicieron muchas ventas.

Luego seguí por la tranquila calle de Turín y varias calles semi dormidas del distrito IX, antes de refugiarme en casa cuando volvió la llovizna.

Tendré que cultivar un gran sol interior para no caer en la depre…

13/10/2019

Entre los chubascos...

Esta semana celebraban la fiesta de las vendimias y entre los numerosos preparativos toca mencionar la decoración de varias escaleras de la colina de Montmartre.
A mi me gustó la pintura que hicieron en la escalera de la calle Becquerel, pero confieso que no pasé metódicamente por todas las escaleras para comparar los dibujos.

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Y si eché un vistazo al programa de la fiesta no tuve ganas de meterme en el caos de gente que invade la colina en esta ocasión.

Preferí aprovechar los momentos sin lluvia para seguir explorando zonas que no suelo frecuentar. Así fue como, al seguir la calle de Provence, descubrí el mercado de antigüedades instalado en las calles de Mogador y de la Chaussée d’Antin, en el muy activo distrito IX. En estas calles encontré un alineamiento de carpas presentando esencialmente objetos de colección, vajilla, ropa y algunos muebles. Si miré algunas cositas, no me atreví a pedir los precios, obviamente exagerados. Justo a mi lado, una pareja de viejos argentinos estaba discutiendo el valor de un “modesto” cenicero. Más adelante uno de los anticuarios explicaba a sus colegas que llevaba varias semanas de pocas ventas y se arrepentía de haberse apuntado a esta fecha. Yo creo que sobreestimaron el poder adquisitivo de los habitantes de esta zona.
Mas arriba, muy cerca de la plaza de Clichy, encontré una bonita herboristería. Desgraciadamente estaba cerrada, pero apunté la dirección en la larga liste de sitios que tengo que visitar alguna vez.

Aproveché otro atardecer soleado para recorrer la calle del “Roi de Sicile” y la calle de la Verrerie. Siempre me asombran las evoluciones comerciales de este barrio, con tiendas nuevas, otras que desaparecieron y unas pocas que sobreviven a todos los cambios de moda. Noté de paso las direcciones de dos heladerías que tendré que probar con una amiga, y si resistí a varias tentaciones, compré un regalito para doña gata, eterna dueña de mi casa, antes de marcharme rumbo a la estación del Este.

Algo que me llamó la atención fue que en todas las tiendas que visité, se notaban pocos clientes. Quizás sea una vez más porque ando algo a destiempo. Pero también creo que los gastos de la vuelta y el pago de los impuestos locales no dejan mucho para los gastos non imprescindibles.

Yo retomé la pila de libros que esperan al pie de mi cama. Lo bueno de leer es que te deja a salvo de las compras y de la lluvia.

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