El lunes feriado me dio la posibilidad de hacer mi recorrido cotidiano más tarde y de saborear este momento de paseo en solitario por la colina de Montmartre. También pasé por otras calles que forman parte de este círculo de un kilómetro alrededor de mi casa y descubrí algunas perspectivas interesantes.

Y para levantarme la moral, la clemátide de mi balcón me regaló dos flores suntuosas. Total, pude dedicar el resto del día a seguir mis tareas informáticas personales con alegría.

Luego seguí con el ritmo de siempre hasta el miércoles.
Ese día, por la noche, constaté que la gata estaba enferma. Los síntomas parecían muy graves y con el confinamiento y la dificultad de encontrar a un veterinario, la situación me provocó algo de pánico. Por suerte mi veterinario de siempre había organizado un servicio mínimo reservado a los casos de emergencia y conseguí una cita el jueves en medio día.
La veterinaria que me atendió me tranquilizó muy rápidamente y los análisis complementarios confirmaron su diagnóstico y la ausencia de problema grave. Por supuesto mi gatita tendrá que tragar varias pastillas durante varias semanas, pero ya empezó a recuperar y volvió a pedir caricias y atención.

Sobra decir que este episodio arrasó los ahorros del confinamiento...

Retomé mis paseos de la madrugada, contemplando la ciudad desde la colina de Montmartre, con luna y nubes.

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Ayer, por primera vez, después de los aplausos de apoyo a los médicos y enfermeras, el violonchelista que vive en la quinta planta del edificio de enfrente tocó, desde su balcón, algunos compases de la primera suite para violonchelo de Bach. Fue un momento tremendamente conmovedor. ¡Muchas gracias, Patrice Langot!

Hoy confieso que traspasé los límites reglamentarios de los paseos matutinos. Más distancia y más tiempo, pero con gusto pude pasar par la calle en donde abandonaron un decorado de cine, contemplar una plaza de las Abadesas totalmente desierta, entrar en una estación del Norte casi abandonada, caminar por una de las calles del barrio indio y comprar dos pastelitos en la panadería de la esquina.

La verdad es que pasar por todos estos sitios abandonados, provoca la sensación muy rara de formar parte de los últimos supervivientes de algún cataclismo, pero eso desaparece al llegar a mi barrio indisciplinado que tiene una comprensión muy especial del confinamiento y de la distanciación social 😊

Y dicen que el confinamiento se acabará el 11 de mayo. ¿Quién se cree eso?