Ya empiezo a adaptarme a mi nueva rutina: desayuno, recorrido matutino hasta las siete, ducha, cuatro horas de trabajo entrecortadas una o dos veces, almuerzo, otra sesión de trabajo entrecortada una vez y luego, actividades personales.
Desgraciadamente, por el cambio de hora, todavía es de noche cuando llego en lo alto de Montmartre y el panorama no desprende la misma energía. Pero el ambiente nocturno de algunas escaleras compensa este inconveniente temporal.

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Por cierto, a estas horas, no hay mucha gente en la calle y es preciso escudriñar las siluetas del fin de la noche para categorizarlas y guardar la distancia adecuada. Trabajadores de la madrugada, amos de perros, deportistas y a veces un vagabundo, no sé si llego a cruzarme con veinte personas.
Y lo que más me encanta es la posibilidad de escuchar el concierto de los pájaros esperando el amanecer.

Si excepto estos recorridos matutinos y las visitas a la panadería, no salí de casa entresemana.
Otro cantar fue el sábado, a la hora de comprar víveres.

8h30: instalarse como primer cliente esperando la apertura de un pequeño supermercado. Escoger tranquilamente los productos deseados, pagar y seguir hacia la etapa siguiente.
8h50: instalarse como primer cliente esperando la apertura de la tienda de congelados. Escoger los productos deseados, pagar y seguir hacia la etapa siguiente.
9h07: pasar por la farmacia antes de volver a casa para guardar la cosecha de esta primera sesión de compras.
9h37: llegar a la tienda de frutas y verduras y llenar el carrito de compras. Pagar y cruzar la calle para pasar por la pastelería.
9h52: Saludar a doña Larher, escoger algunos dulces para varias personas, pagar y seguir hacia la etapa siguiente.
10h00: constatar que la tienda de mascotas no cumple con sus horarios. Constatar que la cola para entrar en el supermercado del bulevar llega a cien metros. Pasar por casa para guardar las compras y entregar algunos dulces.
10h20: hacer cola delante de la tienda de mascotas para comprar comida para la gata. Escoger varias decenas de latas, pagar y volver a casa, contemplando de paso, las diferentes colas delante de los comercios.

A las once había acabado con este maratón y pude empezar a disfrutar el fin de semana.
En cuanto a la gata, me espera al lado de mi puesto de teletrabajo. Creo que le gusta mucho el confinamiento…