Ya empezaron las vacaciones escolares y las protestas de la pasada semana se hicieron más discretas. Pero también anuncian huelgas de transporte para el mes de diciembre, y como tengo malos recuerdos de huelgas que se alargan, empecé a contemplar la posibilidad de comprar una bici de segunda mano.
Escudriñé los anuncios en línea, pero constaté que varias ofertas teóricamente parisinas, proceden de las afueras. Total, recuperar la bici se convierte en pesadilla.
Pasé por varias tiendas de bicis, pero no son muchas las que proponen bicis de segunda mano. Y aún así los precios siguen bastante elevados.
El martes por la noche, encontré una solución accesible y el miércoles recuperé una bici en el distrito XI. Necesitaba revisiones y ayer lo dejé en una tienda que se halla en frente del cementerio del Père Lachaise. El lunes me la devolverán como nueva.

Ayer aproveché un día soleado para participar a una visita por el parque de los Buttes-Chaumont con un guía que ya conocía. Este señor tiene una gran cultura botánica y una manera muy especial de contemplar la ciudad. Así que participar a una de sus visitas siempre es interesante.
Tras contarnos una parte de la historia de la creación de este parque, nos invitó a admirar los colores del otoño antes de enseñarnos varios árboles notables.

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Entre los descubrimientos del día toca mencionar un grupo de tres plátanos de sombra que tienen más de 150 años. Justo al lado se hallan dos ginkgos biloba que tienen más de un siglo.
En este punto del paseo el guía habló de “estos cinco individuos realmente impresionantes” y uno de los cinco jóvenes que estaban justo al lado pensó que el guía estaba hablando de ellos. Pero cuando el guía precisó la edad de los individuos, los jóvenes entendieron que trataba de los árboles. ¡Qué risa!

Más arriba pudimos admirar una secoya de 40 metros de alto, antes de escondernos debajo de las ramas de otra secoya.
Luego seguimos cuesta arriba para descubrir una pequeña plaza que proporciona un punto de vista muy bonito. Y allí se acabó el paseo del día.

Al volver a casa, constaté que mis vecinos aprovechaban la noche más larga del año (por el cambio de hora) para organizar una fiesta. Después de tantas caminatas, el ruido no me impidió dormir. Pero a las tres de la mañana (hora nueva), me despertó el canto de los vecinos con sus invitados. Estaban cantando el “Bella Ciao” italiano y siguieron un gran rato repasando todas las coplas revolucionarias que conocían.
Si me quitaron el sueño, estos vecinos revolucionarios me regalaron una gran alegría