La semana empezó de manera divertida. El maquinista de mi autobús de siempre se equivocó de trayecto y se paró en medio del cours de Vincennes para informarnos de su despiste. Desgraciadamente algunos viajeros querían ir a una de las paradas olvidadas. Así que el maquinista dio media vuelta rumbo a la plaza de la Nación para volver al itinerario normal. Curiosamente, nadie se asombró del desvió. Pero son tantas las calles y plazas en obras que ni pensamos que se trataba de un descuido.

Desgraciadamente, esta primera semana sin día festivo del mes de mayo se transformó rápidamente en una pesadilla laboral. Y el miércoles, volví a probar algunos perfumes de helado con la misma colega.
Ya no quedaba espacio en la terraza de Raimo, así que nos instalamos en la sala y fue otra vez una agradable degustación con helados de lichi, frambuesa y pétalos de rosa, crema chantillí y almendras tostadas. (Confieso que no recuerdo los perfumes elegidos por mi colega)
Sobra decir que para compensar estos excesos azucarados aumenté la longitud de mis recorridos cotidianos 😊

El jueves quise visitar la planta de reciclaje más cercana de mi casa y entregarles mi vieja computadora (sin los discos duros). Me atendió una señora muy amable que me indicó donde dejar mis trastos. Cuando le pregunté si aceptaba también los viejos baldes de pintura, me informó que para eso era preciso ir a la planta de la puerta de la Chapelle. Pero cuando le expliqué que no tengo coche y que me da miedo ir andando a esta planta que se ubica justo al lado de la colina del crack, la señora se hizo muy comprensiva: me dijo que aceptaría mi balde y que arreglaría con sus colegas el traslado hacia el otro sitio.
Tendré que mirar sus horarios de presencia...

Ayer aproveché un rayo de sol para visitar algunas tiendas del distrito XVII y recorrer el mercadillo instalado en la calle Custine. Poco después de volver a casa, percibí el ruido de un grupo de motos y cuando miré desde mi balcón constaté que se trataba de un grupo muy especial de la policía francesa que llaman “voltigeurs”. En este cuerpo de élite, cada moto lleva dos policías: uno conduce la moto mientras el otro para lleva un palo que usa para golpear y reprimir a los manifestantes.
Yo pensaba que esta compañía había dejado de existir en 1986. Pero parece que renació con otro nombre.

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Y este fin de semana tocaba juntarse con algunos vecinos de mi residencia para compartir un “brunch” en mi casa. La doña de la quinta planta me regaló algunas rosas de su jardín y todos los comensales trajeron preparaciones caseras. Fue un agradable momento que nos hizo olvidar este cielo gris y esa lluvia caprichosa.