No sé si fue por la luna llena, pero estos últimos días llevaron su cuenta de desórdenes de todas clases.

Todo empezó con la crisis de agitación del “griot” que vaga por mi barrio. El hombre, impresionante por su potencia muscular, puede pasar horas bailando posado encima de una papelera urbana. Pero en otros momentos, se lía con cualquier persona y regala al vecindario el largo canto de su cólera con amenazas físicas incluidas. Últimamente, armó varios líos con el dueño de una tienda de la calle, pero la población intervino para apaciguar las cosas.

Poco después el dueño del café que se halla a treinta metros de mi casa armó un escándalo en su establecimiento, con riña, gritos y cristal roto.

El lunes, cuando salí de mi casa al amanecer, topé con un tipo que exploraba la calle con una piqueta. Confieso que no intenté entender lo que estaba haciendo y cambié de acera precipitadamente.

El martes, a la misma hora, una de las mujeres que se prostituyen en la esquina estaba gritando alguna desventura por teléfono. Sé que estas mujeres tienen una vida muy dura, pero no sirve despertar a la gente del vecindario.

Lo peor ocurrió en mi instituto.
Al llegar a su despacho, una colega topó con el cadáver del secretario general de su sindicato. Según parece, el hombre había vuelto a su despacho muy tarde el día anterior, pero nadie se percató de su presencia y nadie pudo constatar su desvanecimiento y alertar cuanto antes. Entonces empezó el largo protocolo que se aplica en este caso: SAMU, magistrado, forense, antes de llevar el cuerpo al instituto de medicina legal para practicar una autopsia.
Y al día siguiente, la dirección propuso una sesión colectiva con un psicólogo para los que lo deseaban.

Yo tengo varios colegas muy afectados por el acontecimiento e intenté ayudarlos a superar el choque. Pero mientras no conocemos las causas de la muerte, siempre quedará la sensación difusa que hubo algún fallo en la organización del instituto.

Mientras tanto, preferí marcharme unos días lejos de esta agitación.