Ya se acabaron las semanas veraniegas de vacaciones.
Volví a París el pasado lunes y con gusto constaté que habían regado mis macetas y que la pila de facturas esperando en mi buzón no era muy importante. Entregué a la vecina de la quinta planta los quesos de cabra que me había pedido y me invitó a almorzar en su maravillosa terraza.
Por la tarde tocó llenar la nevera, arreglar los temas administrativos pendientes y pude considerar que todo estaba preparado para que pueda volver a trabajar con serenidad.

Desgraciadamente, en la oficina, me esperaba un remolino de temas pendientes obviamente urgentes y con tan solo cuatro días desapareció una gran parte del beneficio de las vacaciones.

El mejor momento de la semana fue en la tienda de bricolaje que se halla al lado de Beaubourg.
La primera visita me dio la oportunidad de descubrir la estantería en donde presentan todos los elementos necesarios para crear una lámpara a partir de cualquier trasto y encontré lo que necesitaba para hacerlo con una cerámica regateada en algún mercadillo. Mientras compraba bombillas de tipo led, me interpeló un periodista de radio y me entrevistó acerca del fin de la fabricación de las bombillas halogenas. No sé lo que fue transmitido par la radio pero por lo menos fue un rato divertido. Y para bien acabar con esta visita, pasé por las cajas automáticas y conseguí acaparar al dependiente que asista a los clientes principiantes.

Hice la segunda visita con un compañero del trabajo y curioseamos por varias secciones. Ambos militamos en el mismo sindicato y a la hora de pasar de nuevo por las cajas automáticas surgió la pregunta de quien conseguiría bloquear su caja, acto sumamente político de protesta contra la supresión de los empleos de cajeras. Mi compañero no tuvo mucho éxito pero yo necesité un tiempo infinito para escanear los dos miserables objetos del día, puse mi mochila en medio de los artículos para buscar mi cartera (lo cual bloquea el aparato), me equivoqué al teclear el código de mi visa y en vez de usar la tecla corregir use la tecla cancelar... Al final fueron casi diez minutos para dos miserables bombillas y mi compañero me concedió la victoria.

En el autobus de la mañana, ya encontré a todos los viajeros de siempre. Se acaban las obras de instalación de los carriles de bici en el bulevar Voltaire y pude, de paso, sacar una foto de un sitio tristemente famoso.

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A ver si sobrevivo a la segunda semana.