Creo que ya superé el trauma del cambio de ritmo, pero el lunes no formaba parte de la gente esperando en los Campos Elíseos que pasara el autobús de los nuevos campeones. Volví a casa temprano e intenté encontrar soluciones para refrescar mi piso...

El miércoles retomé las caminatas de la madrugada.
Atravesé el parque de las Buttes Chaumont y me paré un rato para contemplar el panorama hacia el norte de París. Al salir del parque pasé por la calle del Plateau y cuando vi una callecita de un metro de ancho, no pude resistir...
Este pasillo tiene cien metros de largo y comunica varias casas escondiendo sus patios y jardines detrás de altos muros. Curiosamente este pasillo no me pareció peligroso, pero tampoco presenta hueco en donde un agresor podría esconderse.
Luego seguí rumbo a la plaza Gambetta y su muy cómoda colección de líneas de autobús.

Al día siguiente pasé de nuevo por el gran parque, pero al salir caminé rumbo a la calle de China en busca del pasaje de los suspiros.
Llevaba siglos sin pasar por este sitio y constaté con alegría que las diferentes transformaciones habían preservado el ambiente de esta callecita y aumentado la presencia vegetal.
En medio de la vía noté la reja del jardín de los suspiros y admiré su vigilante. Desgraciadamente estaba cerrado y tendré que volver al atardecer para visitarlo.

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El viernes tuvimos por fin un poco de lluvia y las temperaturas bajaron un poco.
En la oficina conté las salidas de vacaciones y sé que mañana quedará poca gente en mi instituto de siempre.

Total, para cargar las pilas, dediqué todo el fin de semana a leer una novela de Elsa Osorio.
¡Continuará!