Suelo dedicar una noche por semana a dar clases de iniciación a las herramientas digitales en una asociación de mi barrio. Nuestros alumnos son adultos que necesitan ayuda para arreglárselas con todos los trámites que se hacen en internet y vienen para descubrir el mail, las redes sociales o las webs de los servicios públicos... Y para los más avanzados se trata de empezar con el procesador de textos o las hojas de cálculo.

La mayoría tiene un nivel escolar básico.
Muchos están buscando trabajo y los que tienen un empleo enfrentan jornadas muy duras.
Hay gente de todas las edades, desde el treintañero que ya controla perfectamente todas las posibilidades de su móvil, hasta el septuagenario que quiere usar Skype para seguir en contacto con sus nietos.
Y en medio de todas estas expectativas, dos empleados y una decena de voluntarios intentan compartir sus conocimientos.

A mí estas sesiones me regalaron muchas cosas.
Para empezar, descubrí una serie de ejercicios para que los grandes principiantes puedan controlar el teclado y el ratón, así como procesos de divulgación.
Luego también descubrí trámites que nunca tuve que hacer como apuntarse al paro, pedir ayuda o solicitar un empleo... Y la verdad es que descubrí procesos que me parecieron muy complicados.
Y el mejor regalo es la sonrisa de la persona que descubre que no hay edad para aprender y progresar y constata que es capaz de hacer muchas cosas nuevas.

Esta semana nos tocó otro regalo: el gran diario “le monde” dedicó un artículo a nuestra modesta asociación a donde vienen “los migrantes que quieren conquistar su autonomía numérica”.

Curiosamente nunca había considerado que nuestros alumnos eran migrantes.
Yo siempre vi a unas personas con historias muy diferentes y procediendo de varios países. (Incluso di clases en español a un uruguayo que pasaba por allí.)

Por cierto, el artículo provocó muchas llamadas de personas que quieren apuntarse a las clases. A ver si también llegan algunos voluntarios extras.