Cada vez que vuelvo a París después de pasar varios días lejos de la capital, me asombra el movimiento de la gran ciudad. Viajaba con las gatas y decidí que merecíamos la comodidad de tomar un taxi para ir de la estación hasta mi casa.

Nos tocó una conductora antillana con quién la conversación se instaló casi enseguida.
Empezó hablando de la competencia entre taxistas y choferes Uber antes de evocar los cambios decididos por el nuevo presidente galo y de confesar su perplejidad. Dijo que ya no podía mantener los ingresos que tenía antes sin trabajar como una loca y que había decidido trabajar menos horas y reducir su nivel de vida.
De allí intercambiamos acerca de la situación de auto emprendedor (que yo suelo llamar auto explotado) y de la precariedad que se extiende por todas partes.
Mis amigos jubilados ya constataron que perdieron el 1,7% de sus ingresos. Los desempleados tendrán que aguantar controles cada día más inquisidores para conservar sus prestaciones. Y varias grandes empresas anuncian despidos colectivos.
Y el pueblo galo considera que es preciso dejar tiempo al nuevo presidente y descubre los recortes sin protestar.

Nada más llegar a casa y liberar las gatas, tocó entablar el maratón del abastecimiento antes de prepara la vuelta al trabajo.

El miércoles por la madrugada el viento y la lluvia se ligaron para desanimar a los paseantes: cuando vi que se llevaban los cubos de basura renuncié a mi recorrido matutino. Lluvia, viento, claros... el tiempo mejoró al atardecer cuando salí de la estación Bastille para ir a la calle des francs-bourgeois.

En esta zona de “turismo internacional”, el municipio autorizó la apertura dominical de los almacenes y eso cambia el ambiente de las calles. Varias tiendas antiguas desaparecieron y los locales ahora albergan comercios más adaptados a los estándares internacionales.
Yo necesitaba un nuevo brazalete para mi reloj y no solo me atendieron muy amablemente, sino que también me propusieron una solución más económica que lo que imaginaba.

Al día siguiente, en medio día, hice un recorrido por el distrito 20 con una de mis colegas. Le enseñé las torres del barrio Saint Blaise, así como los pequeños parques que se esconden en medio de las manzanas. En la galería de arte, las obras que me gustan siguen esperando en el escaparate, pero dudo que tenga un día el dinero necesario para comprarlas :-(

Hoy tocaba compartir el pastel de reyes con unos amigos y eso fue un buen momento porque la producción del señor Larher sigue excelente.
Pero hoy también tocaba conmemorar la masacre de Charlie y constatar que se notan cada día más radicalizaciones de todas clases.

Cultivar la razón y seguir adelante...