¡Vaya semana!

El martes, cuando desperté, estaban anunciando en la radio nacional gala el deceso del académico Jean D’Ormesson. Tenía 92 años y había publicado más de cuarenta libros...

Si no forma parte de los autores que aprecio, el hombre tenía una cultura general impresionante y era capaz de conversar acerca de cualquier tema con cortesía, humor e inteligencia. Así que no me pareció totalmente escandaloso que la radio, la televisión y la prensa dedicaran ediciones especiales al acontecimiento.
Desgraciadamente la inteligencia no es contagiosa y después de escuchar los comentarios sosos de todos los que habían encontrado al académico estaba hasta las narices de estos reportajes.

El miércoles, cuando desperté, estaban anunciando en la radio nacional gala el deceso del cantante Johnny Halliday. Tenía 74 años y a lo largo de una carrera de casi sesenta años había interpretado más de mil canciones...

Si no forma parte de los cantantes que aprecio, el hombre era un ídolo para mucha gente que se reconocía en las historias que interpretaba el rockero. Sin embargo, me asombró la cantidad de personas conmovidas por este deceso.
Sobra decir que la radio nacional gala, la televisión y la prensa olvidaron al académico para dedicar ediciones especiales al cantante. Y los periodistas entrevistaron tan a los admiradores del cantante como a los que le conocían personalmente.

Al día siguiente surgió el tema de los homenajes a los dos fallecidos. Y después de muchas vacilaciones, el gobierno anunció homenaje nacional para el académico y homenaje popular para el cantante.

Las funerales del académico se celebraron el viernes en la iglesia San Luis de los Inválidos. El homenaje nacional empezó con la “Marseillaise”, continuó con el discurso del presidente Macron y se acabó con un concierto de Mozart. Ceremonia formal con diputados, políticos y académicos, finalmente bastante discreta.

Las funerales del cantante se celebraron el sábado con procesión de moteros en los Campos Elíseos para acompañar el ataúd hasta la iglesia de la Madeleine. El presidente Macron hizo un discurso, varios artistas leyeron textos, los músicos tocaron canciones del rockero y la plebe contemplaba lo que pasaba dentro de la iglesia en las pantallas gigantes.
Dicen que un millón de personas participaron a este homenaje popular.

Y yo no entiendo como el estado galo puede gastar tanto dinero para los funerales de un exiliado fiscal, instalado en California para librarse de los impuestos.
Y me da rabia pensar que mientras tanto, al pesar del frio, queda gente durmiendo en las calles de París porque no hay dinero para alojarlos.