Seguí con la senda 2024 a partir de la Puerta Dorée.
En este punto, el museo dedicado a las zonas ultramarinas de Francia fue reformado en 2005 y ahora alberga un museo de la historia de la inmigración. Forma parte de la larga lista de los sitios que tengo que visitar, pero ese día preferí aprovechar un rayo de sol otoñal y entré en el bosque de Vincennes.

En esta parte, el lago Dausmenil y sus dos islas constituyen el principal centro de atracción.
Si quieres gastar dinero y energía puedes alquilar una barca y remar para pasear alrededor de las islas. Y si no tienes ni un duro, siempre queda la posibilidad de seguir caminando por el sendero que da la vuelta del lago.

De paso, se pueden admirar cisnes, patos y barnaclas canadienses. Y si llevas un trozo de pan, se acercan sin miedo.

Al extremo este de las islas, se puede admirar el templo de Vesta, edículo imprescindible para cualquier parque romántico. Más lejos se divisa la roca artificial del zoo.

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Luego aparece una pasarela que da acceso a las islas, pero dejé esta visita para otro día.
Seguí en busca de una pagoda construida para la exposición universal de 1931, y que ahora alberga un templo búdico, pero su recinto estaba cerrado y desde fuera el edificio no se veía bien.

En la orilla del lago, crucé muchos grupitos caminando tranquilamente para digerir el almuerzo de los domingos, pero también noté padres jugando con sus niños, dueños de perros, y propietarios de maquetas de barcos de mando remoto.
Con casi mil hectáreas, este parque tiene espacios para todos.

Yo abandoné la orilla del lago y me acerqué del espacio en donde suelen instalar la “Foire du Trône” o el circo del momento. Cuando pasé, se oía el rumor de una función circense...

Salí de este pulmón verde de la capital gala con una lista de cosas por hacer un día...
Desgraciadamente, un chubasco me quitó las ganas de seguir caminando y preferí viajar con el tranvía rumbo a la puerta de Orleans.
Continuará...