En el número 189 de la calle Ordener, se ve un edificio de ladrillos rojos con la inscripción “Montmartre aux artistes”.

Detrás de esta fachada, tres edificios construidos en los años 30 albergan talleres de artistas y el pasado domingo, aproveché una jornada puertas abiertas para pasear dentro de este recinto usualmente cerrado.

Tras entrar en el primer edificio, uno descubre una gran sala de acogida y divisa la sucesión de construcciones. Caminando hacia el interior, intenté entender la organización de la parcela: un primer patio lleva a un segundo edificio, con un pasillo que lleva a un segundo patio y un tercero edificio con un pasillo que lleva al patio final, en el extremo sur de la parcela.
En esta parte, una profusión de plantas y arbustos provoca la deliciosa sensación de pasear por un jardín.

Todos los edificios tienen siete pisos, con ventanales mirando hacia el norte.
Casi todos los talleres tienen dos niveles. La planta baja alberga una cocina, un baño y un espacio de trabajo de techo muy
alto. La planta alta, accesible por una escalera interior, ocupa la mitad de la superficie y allí se hallan las partes privadas como las habitaciones. En las fachadas sur se ven las ventanas normalitas de los cuartos de vida y unos balcones que comunican los talleres.
En las últimas plantas, los talleres son de tamaño más reducido pero la vista que regalan compensa de sobra la superficie.

Yo empecé la visita por el último piso del último edificio y nada más salir del ascensor, sentí una curiosa sensación de vértigo, esencialmente por que la barandilla del balcón deja ver el vacío por debajo, pero al contemplar la vista hacia el Sagrado Corazón, olvidé casi enseguida esa molestia.

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El primer taller que visité fue él de un dibujante – escultor cuyas obras demostraban una relación fuerte con la caligrafía. Los visitantes que me precedían le hicieron varias preguntas acerca de su instalación en la ciudad de artistas y el hombre confesó que había conseguido su taller treinta años atrás y que mientras no le echaban no pensaba marcharse de este sitio cuyo alquiler apenas alcanza 300€ al mes.

Luego pasé por varios talleres en donde vi cosas que no me gustaron mucho y que ya olvidé. Pero todavía recuerdo la estatua que Béatrice Limoge bautizó “l’aguicheuse”, así como las lámparas de Eric Dartois o los grabados de Christos Karamisaris...

Total, pasé un agradable momento, explorando los universos de varios creadores en medio de una ciudad arquitectónicamente muy interesante.
¡Repetiré!