Me gustan las caminatas de la madrugada y lo que te cuentan de la ciudad.
A las seis y media, ya se ven coches y furgonetas que aprovechan las horas de circulación fluida, pero no son muchos los peatones. En los supermercados, algunos empleados controlan los mostradores mientras otros reciben las mercancías. Los náufragos de la noche abandonan los rincones en donde se refugiaron para dormir un rato y se forman colas delante de laboratorios de análisis clínicos. Los bares empiezan a abrir y los primeros clientes aparecen para tomar el primer café del día.
El canal San Martin sigue durmiendo...

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Al salir del trabajo pasé por la calle del Docteur Arnold Netter y vi un pequeño recinto al pie de un árbol en donde un hombre estaba cuidando sus plantas. Tras mirar un rato, le felicité por su instalación y empezamos a charlar. Me contó que había pedido en el ayuntamiento el permiso para cuidar este micro recinto del espacio público y estaba muy feliz por los intercambios que tenía con los vecinos desde esta parcelita. Algunos le regalaron plantas, otros vinieron para ayudarle y lo más notable es que nadie estropea sus plantaciones.
Intentaron algo parecido en mi barrio pero no llegaron a un resultado tan logrado. :-(

El mismo día descubrí dos callejones improbables muy cerca de la plaza de la Nación. No sé cómo consiguieron que estas vías sean cerradas al tráfico automóvil, pero eso fue la primera buena sorpresa. La segunda fue constatar que, en esta zona de altos edificios, la calle estaba bordeada de casas pequeñas, muy bien cuidadas. Y para acabar, en el cruce de los callejones, también encontré un café restaurante muy acogedor.
En este sitio, por la noche, el dueño reservado y majo, atiende a una clientela que viene a tomar un chato con los vecinos al salir del trabajo. Al principio me sorprendió la proporción de mujeres, pero tras pasar un momento en la sala me pareció muy normal: nadie molesta y pueden quedar entre chicas.
Yo vine a cenar con un amigo y el sitio nos pareció muy correcto tan por la calidad como por el precio. Ahora sólo faltaría probarlo en medio día para ver cómo es la clientela del almuerzo.

Al día siguiente, participé a la manifestación de protesta contra las ordenanzas del nuevo gobierno. Mis compañeros y yo lucíamos cartelitos como “ingeniero rebajado” o “arqueólogo reducido a la osamenta”. Sobra decir que conseguimos un gran éxito y que son muchos los que nos sacaron una foto.
Los de arriba no escucharon nuestra protesta, pero por los menos pasamos una tarde agradable y divertida a pesar de la inquietud que se notaba entre los participantes.
Y ahora tendremos que trabajar más para financiar los juegos de 2024...