Volver a París siempre provoca algo de aprensión. En tan sólo tres semanas son muchas las cosas que pueden transformarse, conllevando buenas o malas sorpresas.

Yo viajé el lunes, mientras los niños retomaban el camino de la escuela y los padres las actividades laborales. Había poca gente en el tren y no tuve que compartir mi compartimento.
Llegué al mediodía y pude dedicar la tarde a ir de compras.

Volver después de los demás resulta bastante desconcertante porque ellos ya retomaron el ritmo de la ciudad cuando todavía sigues buscando tus marcas. Pero hay detalles que te ayudan a conectar rápidamente con la realidad parisina, como el precio de las cosas o la pila de facturas que encuentras en el buzón.
Yo quise disfrutar de mi último día de vacaciones y pasé un rato en una de las terrazas de cafés de mi barrio, con sol y sombra, algunas plantas y tres gorriones.

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Volver a trabajar no fue tan pesado como me temía y pronto pude retomar mis largas caminatas.

El jueves al atardecer descubrí que al lado de la estación Ménilmontant, organizaban un mercado de cocina de calle, con mesas y bancos para que la gente pueda instalarse. Cuando pregunté me explicaron que no era un acontecimiento excepcional sino un mercado nocturno que ocurrirá cada dos jueves. En cuanto tenga la oportunidad de probarlo, os cuento.

Pero mi auténtica vuelta ocurrió ayer por la noche, cuando compré un nuevo abono en el cine de mi barrio (el Louxor) para ver la película que consiguió el gran premio del jurado en Cannes: más de 120 personas para “120 pulsaciones por minuto” y parejas de todas clase...
¡Eso sí que es París!

Y hoy sólo faltaba pasear por la colina de Montmartre para acabar con el proceso de vuelta.
Como siempre encontré una cantidad impresionante de turistas pero el mercadillo organizado en la plaza de las abadesas tenía encanto y pasé un rato agradable.
Ahora toca descansar.