Años atrás, unas visitantes mexicanas de paso me comentaron que París no era una ciudad tan extendida y que uno podía recorrerla por completo caminando. La verdad es que nunca hice el trayecto norte-sur u oeste-este andando y tuve ganas de experimentarlo. Fui en metro hasta la puerta de Orleans y a partir de allí caminé rumbo al norte.

Lo primero que me llamó la atención fue el tremendo tráfico automóvil que transforma la avenida del General Leclerc en autopista. Pronto abandoné este sitio para pasar por algunas calles paralelas y enseguida pude escuchar el canto de los pájaros que pueblan los jardines al pie de los edificios de la calle del Père Corentin.

20170506.jpgAl llegar a la calle Marie-Rose, noté la música de un órgano. Parecía proceder de un edificio de ladrillos rojos, así que me acerqué y así fue como pude descubrir la capilla del convento de los franciscanos.
El interior sobrio de esta iglesia me pareció muy luminoso. Miré los vitrales y me alegró la imagen de “fraile sol” (Últimamente, el sol forma parte de las cosas que más necesitamos en París). Luego me senté para escuchar el órgano y cuando se acabó el ensayo me marché.

Al salir de la iglesia, miré los edificios de la otra acera y me acordé de otra visita por esta calle. En aquel entonces había una placa en el número 4 de la calle porque allí es donde Lénine vivió durante su estancia parisina. En la fachada sólo queda la marca de la placa. Pero la convivencia en la misma calle de los franciscanos y del revolucionario ruso forma parte de estas yuxtaposiciones improbables que tanto me gustan.

Luego seguí caminando rumbo al Norte por las calles de la Tombe Issoire, del Faubourg Saint-Jacques y Saint Jacques. Al pie de Notre Dame, pasé un rato buscando el punto cero antes de seguir rumbo al Sena y de perderme por las tiendas del centro de París.

Las mexicanas tenían razón: París no es una ciudad tan grande...

Y ahora toca pasar por el bar de la esquina para esperar el resultado de las elecciones...