Ya llevamos una semana escuchando a los expertos autoproclamados que comentan los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales y casi todos adoptan el mismo enfoque: el programa de la derecha extrema sería un desastre y es preciso unirse para derrotar a la rubia de la derecha nacionalista. Total ni se admite la abstención, ni se acepta el voto en blanco y los que contemplan estas posibilidades son considerados como irresponsables.

Al nivel nacional, el cuarentón consiguió el 24,01% de los votos válidos y la rubia alcanzó el 21,30%. Pero si los parisinos regalaron el 34,83% al cuarentón, sólo otorgaron un 4,99% a la rubia. Y esa diferencia tiene raices sociológicas.

Con un 57% de personas diplomadas de la enseñanza superior, la población parisina es globalmente mucho más educada que el resto de la población y su 38% de diplomados. Total la tasa de paro a penas alcanza el 8% cuando supera el 12% en el norte, y el salario promedio parisino es también más elevado que el promedio galo. Además, la capital gala concentra una cantidad increíble de servicios cuando en los pequeños pueblos, quedan pocos comercios y servicios públicos.

A fin de cuentas la distancia entre el pueblo de Francia y los habitantes de París se vuelve cada día más importante, y eso explica que las propuestas de la rubia no tengan el mismo impacto.

Cuando los políticos y otras figura apelan al voto contra la rubia, ignoran la colera que conllevaban los votos de la primera vuelta, confirman que lo que más les importa es preservar los privilegios de los que sirven, y demuestran que no les importa la situación de los ciudadanos de a pie maltratados por la mundialización.

Hoy son muchos los que rechazan a los dos candidatos de la segunda vuelta y que se niegan a votar en contra de sus convicciones para derrotar a la rubia.
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