Hoy tengo ganas de contaros las desventuras ordinarias de uno de mis amigos.
Ya llevaba más de diez años trabajando en una empresa de la economía solidaria y pensaba seguir tres años más para ayudar a sus dos hijos que siguen estudiando. Pero su director tenía otra idea y a finales de junio le propuso una ruptura convencional de contrato.
Con las vacaciones el proceso se demoró antes de ser reactivado brutalmente a finales de septiembre, con una propuesta de indemnización por despido.
Tras tres meses seguidos sin informaciones acerca de su porvenir profesional, uno llega a un nivel de estrés suficiente para desear con ansias cualquier compromiso aceptable. El director supo proponer una indemnización cortita pero suficiente para evitar un pleito ante la magistratura laboral. Y mi amigo, cansado, aceptó firmar el compromiso de ruptura convencional.

Cuando se acabe el contrato, mi amigo tendrá que apuntarse al paro porque todavía no puede solicitar su pensión de jubilación. Y serán seis meses antes de conseguir la prestación por desempleo. Como parado o como jubilado, conseguirá más o menos la mitad de su salario actual. Y con esa cantidad de dinero, uno ya no puede pagar el alquiler de una buhardilla al lado de Bastille, que hasta ahora consideraba como una ganga.

Total, tras varias décadas de vida parisina, no queda otra opción que mudarse a una pequeña ciudad de provincia, con encanto y vidilla, y con alquileres mucho más baratos.
Una treintena de cajas de cartón y una colección de bolsas, maletas y tablas… Mis piernas necesitarán varios días para olvidar las cinco plantas parisinas y las dos plantas provinciales.
Pero tomar un café en una terraza soleada y pagarlo a 1€20 merecía algunos esfuerzos.
Ya veremos si mi amigo se adapta a esta nueva vida.