Unos días atrás, la policía decomisó los cigarrillos de contrabando de un vendedor callejero. El hombre, desesperado, escaló el viaducto de la línea de metro número 2, que pasa por encima del cruce Barbès-Rochechouart. Amenazaba con suicidarse y los bomberos tardaron casi una hora en desalojarle y luego se lo llevó la policía. Yo no asistí al acontecimiento pero como todos los viajeros de la línea 2, me enfrenté a un parón total del metro. Así que querría agradecer a este desafortunado treintañero, porque su desventura no me dejó otra opción que volver a casa caminando, olvidando el cansancio y meditando acerca de la expresión « poesía de abanico ».

El jueves por la noche, en la plaza de la república se notaba un contraste cruel: por un lado, las sombras negras esperando el reparto de comidas gratuitas, por otro un grupo de personas aglutinadas en frente de la puerta del almacén de una marca que celebra sus 50 años…

Mientras tanto empezaba la celebración de la fiesta de las vendimias de Montmartre.
Esta fiesta popular se hizo cada año más famosa y ahora, con más o menos medio millón de visitantes, forma parte de los tres acontecimientos más concurridos de la ciudad de las luces, justo detrás de París Playa y de la noche blanca.
Este año los organizadores intentaron ampliar el territorio de la fiesta y el programa anunciaba varias actividades « asociadas » alrededor de la colina.
Yo no tenía ganas de sumergirme en una manifestación de masas así que mientras las cofradías desfilaban por las calles de la colina, yo paseaba al lado del centro pompidou, y muchas personas disfrutaban, tumbadas en la plaza, de los últimos rayos de sol.

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Hoy preferí evitar la zona de Montmartre y descubrir un recorrido por el barrio de la Chapelle, organizado por la asociación Canopy.

Cuando llegué a la tienda de esta asociación, encontré un alegre conjunto de comensales, alargando el placer de un paseo poético por las calles del barrio, bebiendo y cantando. Pero pronto encontré el mapa y pude empezar mi paseo.
Descubrí una panadería artesanal americana que fabrica bagels (pero confieso que no me atrae mucho este tipo de pastel) antes de pasar de nuevo por el jardín Rosa Luxembourg.
Más lejos, cuatro pintoras enseñaban sus obras en un taller. No sé porque habían quitado el picaporte exterior, pero eso me quitó las ganas de mirar su trabajo.
Descubrí la nueva ubicación de una librería antes de probar una terraza al lado del mercado de l’olive.
Luego la llovizna quiso acompañarme pero renuncié a visitar los demás sitios que ya conocía.
Ya no hay dudas : ¡ya llegó el otoño!