La semana empezó con este anuncio recurrente en el metro: "Cuidado, unos carteristas son susceptibles de actuar en su vagón". Por suerte la gente que viaja en metro va cada día más encerrada entre sus auriculares y no se entera de nada. En cuanto a los demás, controlan su bolso y empiezan a mirar con insistencia a los otros viajeros. Confieso que no pude resistir y anuncié a la galería: "¡Soy yo!"
Pero tuve la sensación que no me creyeron :-)

El miércoles fue cuando hice una caminata de tres kilómetros llevando una silla sobre los hombros porque no tenía otra opción. Si admito que las miradas asombradas de la gente me ayudaron a llegar a casa casi sin darme cuenta, al día siguiente, si que noté agujetas. Por suerte, topé con la maquinista más simpática de mi autobus de siempre, y tras abandonar a los demás viajeros en la plaza de la Nación, me llevó clandestinamente y me dejó al pie de mi oficina.
A todos los que se quejan de la conducción tranquila de los maquinistas, declaro que en algunas circunstancias es mucho más deportiva :-)))

Ayer quise celebrar el fin de la última semana laboral del año y mientras muchos parisinos emprendían el viaje hacia la tierra de su familia, caminé rumbo a Bastille antes de pasar por unas calles tranquilas del Marais en donde encontré una nueva forma de arte callejero.
Antaño los artistas instalaban tótemes encima de los postes anti-estacionamiento, ahora transforman la parte superior de los postes en criaturas.

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Después de este momento de poesía, llegué al BHV y no pude aguantar el ambiente apocalíptico del último sábado antes de Navidad. Entendí porque habían anunciado una actividad récord en las noticias y me escapé corriendo de las zonas comerciales.

Hoy preferí quedarme en cas y acabar de leer el impresionante libro de Leonardo Padura "El hombre que amaba a los perros".
Y ahora tocará escoger otro libro entre los que esperan...
¡Feliz Navidad para todos!