A veces mi autobus de siempre da la vuelta antes de llegar al final de línea y cuando no hay prisa, sigo caminando. Eso me pasó el martes por la noche cuando el maquinista abandonó a los viajeros en frente de la estación del este.
Ya había contemplado las fotos dedicadas a la película de Scorsese y expuestas en las rejas de la estación. Ese día pasé por la calle del Faubourg Saint Martin que bordea los andenes y al contemplar el tren más cercano, pensé que alucinaba: varios vagones restaurantes del orient-express, iluminados, parecían esperar a sus viajeros.
Sé que son muchos los que sueñan con estos trenes de prestigio y que algunas empresas proponen viajes especiales para hundirse en la leyenda. Pero este martes se trataba de otra cosa: una de las empresas francesas del lujo había alquilado el tren para presentar sus nuevos productos a unos invitados cuidadosamente seleccionados...

Tras esos sueños de viaje, conseguí escaparme de la oficina para disfrutar de un rayo de sol.
Ritmo tranquilo entre el jardín del Luxemburgo y Montparnasse y desde el autobus que me llevaba a Montmartre, una imagen del Sena (algo borrosa) que comparto con vosotros.

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El sábado, la comunidad china celebraba el año nuevo y paseaba con su dragón por la pequeña calle del templo, al lado del ayuntamiento. Contemplé el espectáculo desde una de las tiendas y entre llovizna y petardos no tuve ganas de seguir el desfile.
A cien metros, en la calle Beaubourg, dos despistados estaban refunfuñando: "¿Pero por donde se metieron estos chinos?" mientras los demás ni se enteraban de la fiesta...
Constaté una vez más que en París coexisten un montón de mundos paralelos.