A veces el azar te hace regalos muy oportunos.

El miércoles por la tarde tenía cita con unos jovenes de Bilbao para enseñarles un trozo de este París que tanto me gusta. Hermano y hermana, ambos curiosos y con preguntas realmente interesantes, me regalaron un rato estupendo, ideal para cargar las pilas antes de enfrentar al día siguiente una comisión paritaria tempestuosa en la oficina.

El jueves por la noche, tras un momento bastante tenso con los sindicatos, pensaba cenar con mis complices de siempre pero no conseguimos encontrarnos. Total entre cervezas y cena, pude conocer un poco más a una persona con quién trabajo y que me cae bien, y redescubrir un pequeño restaurante muy correcto.

Al día siguiente, antes de participar a otra comisión agitada, un ciego despistado me regaló la relajación que necesitaba. El hombre no había escuchado bien el número del autobus antes de subir y por las preguntas que hacía, se veía que no tenía las referencias adecuadas para llegar a su destino desde la parada más cercana. Total, como tenía tiempo y bajaba en el mismo punto, intenté proporcionarle algunas marcas.
Nunca había hecho un recorrido de este tipo, describiendo las cosas para que uno pueda grabarlas en su cerebro y recordarlas para otra ocasión. Este momento fue todo un experimento y lo más asombroso pasó cuando tras cruzar una calle, quise llevarle a su parada de siempre: nada más tocar el suelo con su bastón blanco, había recuperado las referencias y era capaz de seguir sólo.
Y yo que tengo dos ojos que ven, no soy capaz de decir lo que diferencia esta acera de su vecina...

Al final la comisión no fue tan agitada como lo temía y además conseguí algo que no esperaba.

Ayer tocaba hacer un pequeño paseo tranquilo con mi amiga recien operada.
Fuimos a visitar una pequeña iglesia de barrio cuyo elemento más curioso es una humilde sepultura que lleva la inscripción L. XVII
Dice la leyenda que se trataría del hijo de Louis XVI pero no es más que una leyenda extra.

Y para recuperar fuerzas, visitamos una nueva pastelería cuyo chocolate vienés resulta más que presentable y que propone algunos pastelitos muy interesantes :-)

Y digo yo: ¿Como podría perder el optimismo cuando incluso el azar se empeña a suavizarme la vida?