Ya empezó la temporada de los mercadillos navideños.

Si no me paré en la instalación de la plaza de la Nación, apretada alrededor de la principal salida del metro y encerrada entre rejas poco acogedoras, me dejé tentar por la gran carpa blanca que instalaron en la explanada de la estación del Este.

En este mercado, una veintena de casetas presentan productos de Alsacia, muy interesantes a la hora de preparar las cenas de fín de año, ya que esta región produce no solo foie gras sino también un vino blanco que lo acompaña de maravilla: el Gewurztraminer.

Dentro de la carpa, constaté que los alsacianos cumplían con su fama: todo resultaba muy bien arreglado y requete limpio.
El suelo de parqué daba un toque calido a la instalación y varios olores llamativos invitaban a probar algunos productos.

Yo di la vuelta metodicamente de todas las casetas y me paré en frente de unos pasteles que parecían interesantes. Cuando le pregunté a la dependiente de que eran, me contestó rotundamente "¡no se decribe, es preciso probarlo!", y enseguida me regaló uno.
Tras probarlo, confieso que la tipa tenía razón: difícil describir este pastelito. Y por su gentileza, le compré una bolsita que a duras penas llegó entera a casa. :-)

Cuando le pregunté si pasaba bien la estancia, la dependiente me confió que al empezar la semana, estaban preocupados por la ausencia de visitas. Pero ya estaba mejorando y esperaba llegar a un buen nivel de ventas en la segunda semana.

No sé si en este año de marasmo, escudriñando el cotidiano para determinar a que grado de crisis llegamos, viviremos la frenesí navideña de siempre.
Sólo sé que por primera vez recibí invitaciones para ventas privadas con rebajas antes de las fiestas...

De momento tengo demasiado trabajo para ir de tiendas pero por lo menos ya me libré de una de las preparaciones esenciales de las fiestas: encargar los dulces de navidad a mi pastelero preferido.
¡Algo es algo!