No formo parte de los fotodepresivos, estos desgraciados que padecen depresión temporal cuando no consiguen la cantidad de luz que necesitan, pero esta semana la disminución de la duración de los días me llamó la atención.
A pesar de salir a la misma hora de casa, el trayecto en mi autobus de siempre empieza a regalarme muchas imágenes que me encantan. Los comercios que abren temprano, iluminados en esta noche que se alarga, toman un encanto especial e incluso los más ordinarios llegan a tener cierta belleza.
Total entre los millares de proyectos que tengo pendientes, añadí uno nuevo: hacer algunos recorridos caminando a la madrugada para sacar fotos.
¡A ver si consigo compartir estas emociones!

Antes de meterme en estos nuevos experimentos, hoy tocaba disfrutar del último domingo de apertura de la frutera de mi barrio.
Visitar su tienda formaba parte de mis rituales de los domingos pero entiendo perfectamente que tenga ganas de gozar con dos días seguidos de descanso.
Lo más gracioso de la historia es que empiezan con el cierre dominguero justo cuando el gobierno acaba de promulgar una ley autorizando el trabajo de los domingos en las zonas de interés turístico...
Será otro ejemplo del espíritu rebelde de Montmartre, una luz extra para alegrar el otoño.