Esta semana tocó la primera sesión de frío de la temporada.
Cerca de cero al amanecer en las afueras de París, entre cinco y diez grados dentro de la capital, el cambio es brutal.

Ya guardé la ropa de verano, ya ordené los jerseys y calcetines super calientes, pero todavía no conseguí adaptarme a estas temperaturas y menos con la lluvia...
Entonces imito las gatas, pegadas a los radiadores, y minimizó las salidas.

Ayer renuncié a aprovechar Todos Santos para visitar el viejo cementerio del Calvario que me gusta tanto y a duras penas conseguí resolver el tema del abastecimiento.

Constaté de paso que la mayoría de las tiendas de mi barrio sacrificaban el día festivo al dios del consumo pero este frío congela mi instinto de rebelión...
Compré justo lo necesario para el plato adecuado a la temperatura: un "pot-au-feu".

A ver si me devuelve algo de energía...