Al apuntar esta meta en mi lista de buenas intenciones, ya imaginaba que resultaría sumamente difícil alcanzarla. Y la verdad es que desde el principio del año, nunca conseguí pasar más de siete días sin comer ni siquiera un pastel.

Desde el pastelito supuestamente energético antés de hacer deporte, rumbo al pastel antidepresivo para suavizar momentos de tensiones, pasando por las tremendas tentaciones del señor Pierre Hermé... siempre tropecé.

Pero hoy, por fín, superé la prueba.

La verdad es que aproveché circunstancias muy favorables: llevo ya siete días veraneando en una casa rural perdida en el monte y el pastelero más cercano se halla a una decena de kilometros...
Total tuve que encontrar otro supletorio y... me contaron que en la misma aldea hay un pastor que fabrica el queso de cabra local que se llama pélardon...

No sé si será una alternativa dietética muy positiva pero por lo menos podré aguantar unos días extras sin pasteles.