Despues de caminar con un parisino y de hacer un largo recorrido con el presidente de la asociación, me graduaron de guía y esta semana fue cuando hice mi primer experiencia.

Me acompañó una colega de oficina que necesitaba cambiarse las ideas y a las 13h45 fue cuando llegamos a la plaza Pigalle en donde había citado al grupo de cuatro canadienses que me tocaba llevar.

Para mi colega el hecho de quedar con gente desconocida era una gran novedad: escudriñaba a todas las personas que salían del metro y se puso tan inquieta que llegué a abordar a varias personas para preguntarles si eran canadienses. Pero si conseguimos varios intercambios divertidos, no encontramos a nuestros clientes.

Al final apareció un grupo de cuatro mujeres, rubias, en los cuarenta, e intuí enseguida que eran las personas que buscamos. Nos presentamos, cuadraba y pudimos empezar la visita del día.

Las doñas querían descubrir el barrio de Montmartre y como conozco casi todos sus rincones, ya había imaginado un recorrido para un par de horas.
Eso era sin contar con las paradas delante de los escaparates, la pausa en el café de Amélie Poulain, la estación en la pastelería de Arnaud Larher, ...
Al final tardamos casi cuatro horas y las visitantes tuvieron que marcharse corriendo para no perderse la noche en el teatro.

Fue una linda tarde soleada, con bromas y risas, y si todos los grupos son así, con gusto repetiré.