Ya llevamos cinco días con una huelga dura de los transportes parisinos y, de momento, no se sabe cuanto durará esta protesta.
El pragmatismo benevolente del primer día se transformó pronto en resignación y lo que domina ahora es un tremendo cansancio.

Madrugar, pasar dos horas en los atascos, trabajar, otra vez los atascos, tal es el programa de los habitantes de las afueras y vuelven a casa fritos.
Entre los parisinos el juego es diferente.
Los escasos metros que circulan permiten medir la capacidad de compresión de los cuerpos.
Las bicis provocan descontrol y los peatones intentan evitar los accidentes.

Lo que más me impresionó fue la multitud esperando un tren rumbo a la Défense en la estación Chatelet. Multitud compacta y silenciosa, desbordando de los andenes e invadiendo poco a poco los pasillos de enlace...
Por suerte camino al reves de la gente y no tuve que aguantar esta apretura espantosa.

Ayer usé mi bici para solucionar el problema del día. Hoy toca descansar.