El jueves, como miles de parisinos, me preparaba a aprovechar cualquier artilugio para llegar a mi trabajo.
Por casualidad desperté tempranísimo y a las 6h30, estaba en la calle.
Por suerte quedaba una decena de bicis en la estación velib que está al pie de mi casa y pude estrenar mi nueva tarjeta de abonado.

Calles semi desiertas, carriles de bici casi continuos hasta mi destino... el caso se presentaba bastante bien. Desgraciadamente, por más que me esfuerce, no conseguí llegar dentro de la media hora gratuita. Entonces abandoné la bici al lado del Père Lachaise y seguí caminando.

Al llegar a la plaza de la Nación, encontré otra instalación de velib. Ya había cola en la estación para sacar el abono de un día... pero con mi tarjeta mágica pude tomar una bici en menos de diez segundos y seguir mi camino.

Al llegar a mi destino, encontré una estación rellena que no tenía ni un espacio libre para dejar mi bici. Por suerte, hay otra estación en el otro lado de la avenida y al ver la gente haciendo cola, pensé que allí encontraría una solución.
Llegué cuando una mujer se marchaba y pude abandonar mi montura.

A las 8h00, las radios anunciaban que ya no quedaba ni una bici en las estaciones velib mientras los automovilistas enfrentaban 165 km de atascos...

Jornada tranquila en el trabajo, con la mitad de la gente aprovechando día de permiso por las 35 horas. En medio día almorcé con colegas en una de las terrazas del barrio para disfrutar del sol y nos costó mucho volver a la oficina...

A la hora de volver a casa, cada uno se preparó a una nueva sesión de andanzas.
Yo tenía un entrenamiento deportivo así que aplacé la resolución del problema y cuando salí de mi club, solo pude reptar hacia la estación de taxi más cercana antes de hundirme en el asiento trasero mientras me llevaban a casa...

La única mala noticia del día es que ese jueves es cuando ocurrió la primer muerte de un usuario de velib, atropellado por un camión :-(