Caminando por París con Caol

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18/03/2018

Coincidencia

Ayer empecé a leer el volumen 2 de “Vernon Subutex”, una novela de Virginie Despentes, y resulta que esta nueva parte empieza en una zona del distrito XIX por donde pasé muy a menudo últimamente: la loma Bergeyre.

Forma parte de los rincones que tanto me gustan, pero para llegar a esta micro meseta es preciso superar la fuerte subida de la calle Georges Lardennois o de una de sus tres escaleras. Volví a subir allí para contemplar la vista hacia el Sagrado Corazón y mirar los efectos de la especulación inmobiliaria.
Por suerte el suelo de la loma no permite programas importantes. Noté algunas construcciones nuevas o reformadas, pero los arquitectos respetaron el estilo de la zona y las callecitas conservaron su encanto de siempre.

Allí es donde el héroe de la novela, que dejamos sin techo al final del volumen 1, encontró una especie de refugio.

El banco que menciona es el único banco de la loma y hace las delicias de los contemplativos que vienen a sentarse un rato para admirar la vista hacia el sagrado corazón.
El grifo y la viña se hallan en el jardín compartido de la loma.
Y duerme en el recinto de una casa abandonada, rica de una vista excepcional hacia la ciudad de las luces, pero también de varias grietas realmente preocupantes.

En este rincón particular, varias personas empiezan a ayudar al héroe. Un viejo borrachín le proporciona comida y medicamentos, los obreros que reforman una casa del vecindario le dejan acceder a sus aseos portátiles y Jeanine, una vecina que también da de comer a los gatos, comparte su cena con él.

Luego la novela nos lleva con los conocidos del héroe, que se juntan para buscarle en el parque de las Buttes-Chaumont. Ayer por la noche los dejé en el Rosa Bonheur, un sitio de ocio instalado en uno de los pabellones del parque y que de momento no visité.

Hoy la vuelta del frío y de la nieve me quitó las ganas de emprender nuevas exploraciones.
Así que me quedé en casa con las gatas para seguir leyendo esta novela, apuntando todos los sitios no conozco todavía y preparando paseos futuros.

11/03/2018

Sucesos en la esquina

En mi instituto suelen informar por mail a todo el personal de los decesos de los empleados o ex empleados. Esta semana nos tocó el deceso de un hombre de 42 años, presentado como un colaborador de buen nivel y apreciado de todos sus colegas. Somos muchos así que no se puede conocer a todos los empleados, pero la nota publicada el martes recordaba la carrera de este señor y se acababa de una manera algo curiosa, muy diferente de los clásicos “fallecido tras una larga enfermedad” o “víctima mortal de un trágico accidente”. Picó nuestra curiosidad.

Al buscar informaciones descubrí que este hombre había desaparecido durante la noche del 14 al 15 de febrero y que sus amigos habían colgado anuncios en varios sitios a partir del 18 de febrero para encontrarlo.

M. desapareció entre los distritos 10, 11 y 19. Tiene 42 años, cráneo raspado, ojos azules y barba de tres días. Mide 1m80 y cuando desapareció llevaba una chaqueta de cuero marrón, una camiseta del PSG, vaqueros y gorro gris. La última vez que le vieron, fue el 15 de febrero a las cuatro y media de la mañana, estaba en un taxi en el cruce de dos calles del distrito XI y andaba rumbo a su casa en el distrito XIX.

Sus familiares también contactaron la policía y entonces empezaron dos largas semanas de investigación pasando por todas clases de emociones.
Finalmente, los inspectores encontraron el cuerpo sin vida de M. en el canal Saint Martin.
Para el amigo que informó a los demás conocidos, si todavía no se sabe lo que pasó, queda claro que no fue un acto voluntario...

Este hombre vivía en uno de los altos edificios que bordean la calle Simon Bolivar y solía instalarse en el tejado con sus amigos para organizar una barbacoa o compartir cervezas. Varias de sus fotos muestran la vista sobre París desde este punto y resulta impresionante. Confesaba que no se cansaba de contemplarla.

Yo suelo pasar al lado de su edificio por la madrugada y esta semana me quedé un momento mirando a los tejados. Hoy quiero dedicar a este desaparecido la imagen que me regaló uno de mis recorridos matutinos.

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4/03/2018

Las ranas se volvieron locas

Descubrí por casualidad (en la panadería) que esta semana tocaría una ola de frío siberiano. Me anunciaron 15 grados bajo cero, pero pronto se convirtieron en 6 grados bajo cero al consultar la web de Météo France (las ranas galas). Aun así, empecé a preocuparme por las plantas de mi balcón y compré las telas necesarias para protegerlas.

Dediqué la velada del domingo a envolverlas e incluso recluté a uno de mis vecinos para mover las macetas más grandes. Y después de dos horas de agitación, consideré que ya era suficiente e invité al vecino a cenar.

El lunes al amanecer el termómetro de mi balcón marcaba cero grados. Todo fue cuestión de escoger la ropa adecuada para superar la primera prueba de la semana. Y el martes, con dos grados bajo cero, fue casi igual.

Habían anunciado que el miércoles sería el día más frío de la semana y efectivamente todos los accesorios eran necesarios para no acabar congelados. Al pie del Sagrado Corazón no se veían muchos turistas y en varios sitios, los empleados del Municipio estaban echando sal sobre las calzadas.

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La temperatura siguió bajando y todos estábamos esperando la llegada de la nieve.
Al anochecer los sin techo instalados en la orilla del canal Saint Martin estaban reunidos alrededor de varios fuegos. Más lejos vi pasar el autobús de recogida social y estaba lleno de gente en busca de un refugio nocturno.

La nieve llegó por la noche y descubrí la manta blanca al despertar. Cuando llegué al bulevar, no había resistido a la sal de la calzada y no impedía el tráfico automóvil. Tuve ganas de viajar con mi autobús de siempre y mientras esperaba, jugué a dejar huellas de mis zapatos en la nieve de las aceras. Luego necesité todo el viaje para calentarme...

Luego la temperatura volvió a subir y al atardecer casi no quedaba nieve en las calles. Total, pude volver caminando. Y desde el viernes vamos con la decena de grados de temporada y con lluvia.

Por suerte los días empiezan a alargarse y los pájaros volvieron a cantar...

25/02/2018

Trocito de prensa

Suelo dedicar una noche por semana a dar clases de iniciación a las herramientas digitales en una asociación de mi barrio. Nuestros alumnos son adultos que necesitan ayuda para arreglárselas con todos los trámites que se hacen en internet y vienen para descubrir el mail, las redes sociales o las webs de los servicios públicos... Y para los más avanzados se trata de empezar con el procesador de textos o las hojas de cálculo.

La mayoría tiene un nivel escolar básico.
Muchos están buscando trabajo y los que tienen un empleo enfrentan jornadas muy duras.
Hay gente de todas las edades, desde el treintañero que ya controla perfectamente todas las posibilidades de su móvil, hasta el septuagenario que quiere usar Skype para seguir en contacto con sus nietos.
Y en medio de todas estas expectativas, dos empleados y una decena de voluntarios intentan compartir sus conocimientos.

A mí estas sesiones me regalaron muchas cosas.
Para empezar, descubrí una serie de ejercicios para que los grandes principiantes puedan controlar el teclado y el ratón, así como procesos de divulgación.
Luego también descubrí trámites que nunca tuve que hacer como apuntarse al paro, pedir ayuda o solicitar un empleo... Y la verdad es que descubrí procesos que me parecieron muy complicados.
Y el mejor regalo es la sonrisa de la persona que descubre que no hay edad para aprender y progresar y constata que es capaz de hacer muchas cosas nuevas.

Esta semana nos tocó otro regalo: el gran diario “le monde” dedicó un artículo a nuestra modesta asociación a donde vienen “los migrantes que quieren conquistar su autonomía numérica”.

Curiosamente nunca había considerado que nuestros alumnos eran migrantes.
Yo siempre vi a unas personas con historias muy diferentes y procediendo de varios países. (Incluso di clases en español a un uruguayo que pasaba por allí.)

Por cierto, el artículo provocó muchas llamadas de personas que quieren apuntarse a las clases. A ver si también llegan algunos voluntarios extras.

18/02/2018

Probando...

Ya se acabó el episodio de nieve y podemos de nuevo caminar por las aceras sin resbalar.
Aproveché esta mejora meteorológica para visitar en medio día una librería que se halla en la calle de Bagnolet y cuyo nombre, “Le Merle moqueur” (el mirlo burlón), evoca una canción asociada a la Comuna de París.
Instalada en un antiguo taller, la tienda cuenta con varios espacios. Nada más entrar uno descubre la parte dedicada a la literatura. A continuación, la nave y su techo de vidrio albergan alcobas temáticas. El lugar es muy agradable y uno puede pasar horas escudriñando los mostradores.
Yo buscaba una obra de Svetlana Alexievich así que me mandaron a la alcoba dedicada a la historia y a las estanterías del siglo XX. Pero poco después, el librero vino a verme y me explicó que cuando la señora consiguió el premio Nobel de literatura, habían cambiado sus libros de sitio. Me pareció gracioso pero las obras de esta señora, entre sociología, historia y literatura, son difíciles de clasificar y por eso me gustan. Cambié de zona, pero desgraciadamente no tenían la obra que buscaba. Sin embargo, vi muchas cosas muy interesantes y me costó mucho limitar las compras a un solo libro.

Ayer aproveché un sol primaveral para hacer un gran recorrido que me llevó a la calle de Bretagne y al mercado de los niños rojos. No sé si fue por las ansias de sol o por los últimos días de rebaja, pero había gente por todas partes y no pude disfrutar el té de menta de siempre. Yo visité algunas tiendas sin convicción y resistí una vez más a todas las tentaciones.

Hoy desperté con la idea de encontrar batería para mi reloj-podómetro. Visité el supermercado de siempre, un estanco y la tienda de enfrente pero no encontré lo que buscaba. Así que miré en internet y constaté que tenían cincuenta baterías en una tienda de bricolaje cerca de Beaubourg. Fui allí caminando, pero cuando llegué a la zona de las baterías, no veía el producto y e vendedor dominguero tampoco sabía donde encontrar el producto que me interesaba. Finalmente, otro dependiente me regaló la solución y pude seguir paseando.

Pasé al lado de la Canopée y vi que todas las tiendas estaban abiertas. Al pie de Saint Eustache, constaté que las obras de acondicionamiento del nuevo jardín progresaron y que los parisinos ya se apropiaron estos espacios.

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Luego seguí caminando rumbo al Louvre para descubrir lo que los servicios de correos llaman RPU (agente postal urbano), y encontré este servicio en la caja de un supermercado.
En cuanto al magnífico edificio que albergaba la antigua oficina de correos de la calle du Louvre, permanece cerrado por obras y tendremos que esperar el fin del año 2019 para saber si supieron conservar el alma de este espacio.

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