Caminando por París con Caol

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13/10/2019

Entre los chubascos...

Esta semana celebraban la fiesta de las vendimias y entre los numerosos preparativos toca mencionar la decoración de varias escaleras de la colina de Montmartre.
A mi me gustó la pintura que hicieron en la escalera de la calle Becquerel, pero confieso que no pasé metódicamente por todas las escaleras para comparar los dibujos.

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Y si eché un vistazo al programa de la fiesta no tuve ganas de meterme en el caos de gente que invade la colina en esta ocasión.

Preferí aprovechar los momentos sin lluvia para seguir explorando zonas que no suelo frecuentar. Así fue como, al seguir la calle de Provence, descubrí el mercado de antigüedades instalado en las calles de Mogador y de la Chaussée d’Antin, en el muy activo distrito IX. En estas calles encontré un alineamiento de carpas presentando esencialmente objetos de colección, vajilla, ropa y algunos muebles. Si miré algunas cositas, no me atreví a pedir los precios, obviamente exagerados. Justo a mi lado, una pareja de viejos argentinos estaba discutiendo el valor de un “modesto” cenicero. Más adelante uno de los anticuarios explicaba a sus colegas que llevaba varias semanas de pocas ventas y se arrepentía de haberse apuntado a esta fecha. Yo creo que sobreestimaron el poder adquisitivo de los habitantes de esta zona.
Mas arriba, muy cerca de la plaza de Clichy, encontré una bonita herboristería. Desgraciadamente estaba cerrada, pero apunté la dirección en la larga liste de sitios que tengo que visitar alguna vez.

Aproveché otro atardecer soleado para recorrer la calle del “Roi de Sicile” y la calle de la Verrerie. Siempre me asombran las evoluciones comerciales de este barrio, con tiendas nuevas, otras que desaparecieron y unas pocas que sobreviven a todos los cambios de moda. Noté de paso las direcciones de dos heladerías que tendré que probar con una amiga, y si resistí a varias tentaciones, compré un regalito para doña gata, eterna dueña de mi casa, antes de marcharme rumbo a la estación del Este.

Algo que me llamó la atención fue que en todas las tiendas que visité, se notaban pocos clientes. Quizás sea una vez más porque ando algo a destiempo. Pero también creo que los gastos de la vuelta y el pago de los impuestos locales no dejan mucho para los gastos non imprescindibles.

Yo retomé la pila de libros que esperan al pie de mi cama. Lo bueno de leer es que te deja a salvo de las compras y de la lluvia.

6/10/2019

Inhumana Défense

Los azares de mis actividades profesionales me obligaron a pasar una jornada completa en la zona de la Défense.

La pesadilla empezó al tomar el metro. Llevaba siglos sin pasar por la línea cuatro en las horas punta y no recordaba que había tanta gente...

En la estación Châtelet, en el andén de la línea que lleva a la Défense, también había una cantidad impresionante de gente, pero todos conseguimos entrar en el tren que llegó, amontonados como sardinas en su lata. Y esta sensación no cambió mucho cuando una parte de los oficinistas se paró en la estación Auber.

Al llegar a la estación subterránea de la Défense, seguí el rio humano hasta encontrar una salida rumbo a la explanada.

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Allí me esperaba un cielo azul magnífico y la corriente de aire habitual.
Pero el ruido de miles de tacones en el suelo empezó à taladrarme el cerebro así que pronto volví a mi destino del día: el gran Arco, muro sur.
Curiosamente, los controles de seguridad me parecieron muy superficiales y pronto recuperé una tarjeta para subir a la planta 35. Desgraciadamente, el acceso a la parte superior del tejado estaba cerrado, así que no pude contemplar el panorama desde este punto. Pero después de tomar un café, pude descubrir uno de los anfiteatros del arco e instalarme tranquilamente para escuchar las conferencias de la mañana.

La pausa de medio día empezó poco después de las doce y media.
Eso nos dio la oportunidad de descubrir que en cada uno de los dos ascensores no caben más de 17 personas, lo cual resulta totalmente inadecuado cuando sale la centena de personas que estaba en el anfiteatro.
Por suerte, unos participantes conocían bien el edificio e indicaron una solución alternativa.

No tuve ganas de probar el restaurante de la empresa y me escapé corriendo rumbo al centro comercial en donde encontré colas inverosímiles en los puestos de venta de comida. Me paré en un sitio algo apartado y pude resolver el tema del abastecimiento.
Almorcé caminando rumbo al Sena y así fue como encontré un grupo de ejecutivos, con su uniforme de siempre (traje-corbata), jugando petanca en uno de los espacios arbolados. Me asombró la cantidad de espacios ajardinados y algunas esculturas me parecieron realmente bonitas. Pero no sé si podría vivir en este universo de hormigón.

Volví corriendo al anfiteatro y aguanté relativamente bien las conferencias de la tarde.
A las cuatro y media, todos se escaparon.
Yo aproveché el resto de la tarde para meterme en una larga caminata por el distrito XVII.
¡Lo necesitaba para olvidar la vorágine inhumana de la Défense!

29/09/2019

la pequeña finca de la Goutte d'or

Años atrás, compraron y acondicionaron un espacio privado de aparcamientos para transformarlo en jardín.
A pesar de su superficie reducida (1500 metros cuadrados), proponía por lo menos un espacio de juegos para los niños, en una zona de construcciones muy densas. Total, la gente del barrio pronto se apoderó de este jardín bautizado “Alain Bashung”, como homenaje a este cantante que vivía en el vecindario.

Todo iba bien cuando llegaron estos niños callejeros procediendo de Marruecos solos, con apenas entre 8 y 15 años.
Explotados por traficantes mayores, y rápidamente drogadictos, estos niños se apoderaron del jardín y provocaron varios desórdenes en el barrio, por su violencia y por sus numerosos asaltos.

El primer reflejo de las autoridades fue cerrar el jardín y contratar una empresa de vigilancia.
Luego decidieron dedicar casi la mitad del jardín a lo que se llama ahora la pequeña finca de la Goutte d’or.

Llevo varios meses con la idea de visitar la instalación, pero sea no tenía tiempo para hacerlo, sea la finca estaba cerrada. Por fin la dicha me acompañó y pude entrar en este recinto.

La primera cosa que noté fue el espacio de acogida con mesas y sillas. Sirve para dar informaciones sobre los animales y organizar actividades. Justo al lado se halla el corral de las ovejas, una blanca y una negra, ambas acostumbradas a las visitas y buscando pan y caricias.

Más adelante, las gallinas ocupan otro corral, justo al lado del espacio reservado a los conejos.
En el centro de la finca, el antiguo jardín compartido sigue prosperando y los artistas del barrio regalaron un magnífico elefante.

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Todos estos elementos atraen las clases del vecindario y al contemplar el interés de los niños que visitaban el espacio cuando estaba allí, imagino que estos momentos en la finca resultarán extraordinarios para estos desagradecidos que crecen sin conocer otra cosa que la gran ciudad.

También hablé un rato con la señora que llevaba el sitio y me contó que hacía eso en el marco del servicio cívico. Lo bueno es que parecía apreciar esta experiencia. Lo malo es que la pagan muy poco...
Pero las caras maravilladas de los niños compensan muchas cosas...

22/09/2019

Buena vida cerca des Batignolles

Aproveché los últimos días de vacaciones para seguir explorando los tramos accesibles de la “pequeña cintura” y como uno de mis amigos estaba de paso en París, le embarqué en esta aventura.

Ese día se trataba de visitar el tramo que se halla entre la calle Alphonse de Neuville y la calle de Saussure. Quedamos en la estación de metro Wagram y caminamos tranquilamente rumbo a la calle Alphonse de Neuville. Pero cuando llegamos a la zanja de la “pequeña cintura” no encontramos la entrada.
Seguimos rumbo a la plaza de Wagram en donde tampoco encontramos entrada y fue preciso llegar casi al final de la parte accesible, al nivel de la calle de Saussure, para encontrar una entrada y una escalera.
Con gusto bajamos al nivel de los carriles, y para no perdernos algún detalle, recorrimos metódicamente los 700 metros del tramo.

Lo cierto es que este recinto, abrigado por los árboles, tiene una temperatura más fresca que las aceras. Yo noté varios cantos de pájaros que no se pueden percibir desde las calles por el ruido del tráfico automóvil. Pero también tuve la sensación de que no habían acabado la ordenación del sitio. Por cierto, eso no molesta a los deportistas que corren por la zanja, pero excluye a los niños y a los ancianos.

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Al llegar al final de este recorrido, quise enseñar las transformaciones del barrio des Batignolles a mi amigo y entramos en el jardín Martin Luther King.
No sabía que él había vivido en esta zona en los años 1980s, antes de mudarse a Montrouge. Así que no podía imaginar el asombro que sentiría al constatar todos los cambios. Subimos a la plataforma que permite admirar el parque, así como los nuevos edificios construidos en esta zona.
Le impresionó la variedad de los estilos arquitectónicos de los edificios nuevos y sacó varias fotos para comentar esta evolución con sus familiares. También notó la elegante silueta del nuevo Palacio de Justicia, pero no tuvo ganas de acercarse a la torre y de pasar más tiempo en este nuevo barrio.

Abandonamos el jardín y seguimos rumbo a la vieja iglesia des Batignolles. Allí encontramos un restaurante con una terraza sombreada, a salvo del ruido del tráfico automóvil, en donde pudimos almorzar tranquilamente.
Al mirar los demás clientes de este restaurante, me sentí muy lejos de mi barrio mestizado y travieso: treintañeros, algunos con niños, personas más viejas, pero todos blancos, elegantes, y todos con un poder adquisitivo más importante que los de mi barrio.

Al macharnos de este sitio, seguimos caminando rumbo a la estación del Norte en donde nuestros caminos se alejaban. Mi amigo siguió en metro mientas pasaba por el barrio indio.

15/09/2019

Primera huelga de la vuelta

El pasado viernes, los empleados de la sociedad de transportes parisinos (la RATP) se declararon en huelga para protestar contra la reforma de su sistema de jubilación. Sin detallar todos los cambios, el proyecto del gobierno significa trabajar más tiempo para una pensión reducida y son muchos los que no aceptan esta perspectiva.
Lo cierto es que cualquier huelga de la RATP puede provocar un tremendo caos para los habitantes de la región parisina.

El jueves anunciaron que diez líneas de metro permanecerían cerradas y que la frecuencia de los autobuses sería reducida.
En mi instituto, algunos cambiaron su día de teletrabajo mientras otros se tomaban un día libre. Yo sé que puedo recorrer andando los siete kilómetros que me separan de mi oficina así que deje rienda suelta a la improvisación.

Este viernes salí de casa muy temprano. Decían que, en mi línea de siempre, circularían dos de cada tres autobuses, pero preferí seguir caminando ya que cuando hay huelga, nunca se sabe si uno podrá subir al colectivo.

Al seguir el recorrido del autobús, noté una cantidad impresionante de gente en la calle, buscando una solución para llegar a su destino del día, a pesar de la ausencia de metros. Y pude llegar a la plaza de la Nación cinco minutos antes que mi autobús de siempre. Cuando llegó, estaba lleno de gente. Por suerte muchas personas se pararon en la plaza: pude subir, encontrar un asiento y llegar a mi oficina con media hora de atraso.
Los que viven al lado del instituto ya estaban presentes, los demás llegaron más tarde.

Al final de mi jornada laboral, sabía que no tendría más remedio que volver a casa caminando. Así que me paré en la primera panadería para comprar un bocadillo antes de hacer los ocho kilómetros de la vuelta.
Luego seguí la calle de los Pirineos rumbo a la entrada Este del cementerio del Père Lachaise y a la avenida correspondiente. Pasé por la calle Boyer y la calle del “ermitage” antes de volver a visitar dos callecitas de otros tiempos.

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En esta zona de París también hubo cambios, pero por lo menos supieron conservar la tranquilidad de estas callecitas.
Luego visité el pequeño jardín que acondicionaron entre la calle del “ermitage” y la calle de las cascadas. Utilizaron varios elementos recuperados en el puente nuevo y eso le da un toque interesante a este espacio.
En la calle de las cascadas, el local de los anarquistas estaba abierto pero ya sentía cansancio y seguí adelante.

Cuando llegué a casa, el podómetro marcaba 22342 pasos.

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